Cantimploras, borrachos y galdirots

 

Ricardo García Moya

 

En 1411, el Cancionero de Baena aludía a los admirados reinos europeos de: “Inglaterra, Francia e Valencia” (468, v.12). Con fronteras geográficas y culturales definidas y defendidas, el Reino de Valencia tenía capacidad para armar flotas (lo comprobaron la república de Génova, el reino dé Granada, los corsarios de Tedeliç, etc.), así como ejército para ahuyentar moscones (p.e.: en 1462 los catalanes proclaman conde de Cataluña al rey castellano, pretendiendo con las armas que los valencianos lo aceptaran como rey. La caballería valenciana de la Or­den de Montesa solucionó el problema el 3 de septiembre de 1463, al aniquilar a las fuerzas catalanas junto al Ebro). Los humanistas como Canals diferenciaban entre valenciano y catalán en 1395 y, en el Compromiso de Caspe, las actas aparecen en idioma valenciano; el mismo que en 1411 usa Vicent Ferrer (en 1445, Razzano re­cuerda que sus sermones “sua valentina ac materna lingua fuerit semper locutus”). En el XV éramos un pueblo respetado y de idioma tan vigoroso que exportaba léxico a sus vecinos.

La voz valenciana cantimplora sugiere aventuras en desiertos y selvas, aunque los ejemplares de 1411 no eran como los de las películas de Indiana Jones, sino unos alambicados recipientes de cobre o estaño que servían para enfriar el agua. Así las describe el Diccionario de Autoridades en 1729, añadiendo una cita de la “Dorotea” (1632) de Lope de Vega, donde se compara el ruido de chapines (calzado femenino de corcho forrado de piel) con el raro murmullo del agua en las cantimploras. La lengua castellana y la catalana habían asimilado la voz com­puesta “cantimplora” de la lengua valenciana, pues ya en 1460 los valencianos elaboraban metáforas sobre las volubles mujeres que cantan y lloran con facilidad, asociándolo al sonido del agua cuando se desliza en el interior del recipiente o es derramada. La primera documentación aparece en idioma valenciano como “cantiplora” (después se añadiría la nasal m), en los versos de Roig (Espill, 1460), y en los de Gaçull en el mismo siglo XV; posteriormente se extendería al castellano y catalán.

Hoy, los lexicógrafos afirman que es de origen catalán (también podría ser castellano, pues “plorar” era un arcaísmo en Castilla); pero la documentación -para infortunio de cleptómanos -, no admite dudas.

Del agua pasamos al vino y sus efectos, concretamente al origen del adjetivo “borracho”, que no procede del “ebrius” latino. Si usted consulta, por desgracia, el “Origen de las palabras estrafalarias” de José Calles, creerá que es voz condal, al relacionar “borracho” con el catalán “morratxa”; o que “viene de las borras que deja el vino en reposo...viendo que los bebedores apuraban las borras, los españoles llamaron borrachos a esos individuos” (p.53). Hasta aquí las aclaraciones de Calles que, simplemente, sintetiza textos de Covarrubias y Corominas, cuidándose de silenciar referencias a la lengua valenciana; aunque conste en las obras que fusila.

Así, en 1611, Covarrubias no asociaba borracho con nada catalán; sino con la bota de cuero llamada “borracha” en Valencia, Aragón e Italia. El lexicógrafo usaba diversas expresiones para referirse a nuestro idioma: “belitre, en lengua valenciana”, “murciélago en castellano, el valenciano le llama rat pennat” (Tesoro,1611). Por su parte, Corominas tira para casa y apunta que el catalán “borratxo” originaría el castellano “borracho”; pero él sabía que esta voz, por el sufijo “acho”, señala un proceso morfológico que no se daba en los condados barceloneses, sino en el caldo de cultivo mozárabe de un Reino de Valencia idiomáticamente “fecundíssim” (Corominas dixit). Esa “ch” tan perseguida por la academia de Hauf y Ascensión es la que marcaba al politizado filólogo. Por ejemplo: de la voz valenciana “fachida” documentada en el XIV, razonaba que la “ch, tan rarament pertanyent al fons primitiu del catalá, es una senyal gairebé infal-lible que una forma o mot ens ve d’un llenguatge afí peró distint de la nostra llengua” (DECLLC), añadiendo que el origen sólo podía ser “mossàrab”. El sabio explica que “fachida” subiría, valga la expresión, desde el Reino por la ruta a Lérida: “des de València, pujant per Cardona i Solsona es degué propagar fins a Cerdanya”. El culto idioma se extendía hacia el norte, no a la inversa.

El sufijo “acho” es acorde con la derivación valenciana: “amigachos ¿com va?” (Relació de Pepe Canelles, h.1784); “Ii diguí amigacho”(Coloqui dels poticaris, B. Nic. Primitiu, h.1790); “alguns atres amigachos” (Baldoví: Un fandanguet en Paiporta, 1855). Como es sabido, hay voces patrimoniales valencianas que enlazan con el mozarabismo prejaimino, como “fardacho”, que posee el sufijo citado. Según Corominas sería resultado del “cruce del árabe hardún, lagarto, con el preislámico valenciano de origen bizantino sarvacho” (DCECH). El vocablo, con tal grafía, era popular de Morella a Oriola en idioma valenciano: “com está el fardacho” (Les marors de una fadrina. 1860); “un fardacho de pell tostorrida” (Lorente, Lluis: Ramona o una perla. Elig, 1887). En catalán es “llangardaix”, sustantivo que los colaboracionistas enseñan a nuestros hijos.

Hasta Corominas, en un descuido, da a entender que “borracho” ­es creación del mozarabismo valenciano: “Borratxo... el catalán tomaría verosímilmente el vocablo del mozárabe valenciano” (DCECH). Pero algo falla en estos lexicógrafos, pues dan “borratxo” con tx como voz nuestra, y servidor no lo ha visto en ningún texto de escritor valenciano (y no me refiero a los catalaneros del XX). No obstante, el DCVB de Alcover, Guarner y Moll no ofrece otra documentación, que sí existe y aquí la mostramos: “qui está borracho” (Pou: Thesaurus, Valencia, 1675); “prengueren al borracho” (Porcar: Coses, 1617); “cabró, borracho” (Mulet: Poesies a Maciana, 1643); “quant hu s’emborracha” (Galiana: Refrans valencians, h. 1760); “crec que estabes borracho” (Coloqui de Tito y Santo, h. 1790); “y els tres ultims de borrachos” (Rafelo de Picasent ignora la novetat, 1813); “borrachonets son els que trauen el cap” (Conv. entre Saro Perrengue, 1820); “borracho de aiguardent... borrachera del mon” (El Mole, 1837); “un instant de borrachera” (Lorente: Ramona. Elig, 1887); “borracho” (Fullana. Voc. 1921); “borracho” (Dicc. Real Academia Valenciana, 1997). Y habría que añadir “Borrachez”, mote de un alegre morisco valenciano del 1500 (Labarta: Onomástica. CSIC, 1987, p.118)

Nuestros antepasados también crearon adjetivos curiosos, corno “galdirot”, inútil parásito que quiere medrar: “un galdirot aprenent de mariscal” (Bib. Nac. Coloqui del Tio Pelut, 1801, f.24 v.). Ahora podríamos preguntar ¿cuántos “galdirots” están haciéndose millonarios con la inmersión catalana que nos ahoga? Aquí todo es engañar, desde la lengua a la bandera, ¿vieron qué poco exhibían la Real Señera en el Congreso del PP? Se avergüenzan de la misma y la humillan hasta en los actos del 9 de Octubre, al tratarla como bandera municipal y denigrarla con música de ridículos pasodobles.

Diario de Valencia 6 de Octubre de 2002

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