Curt de Saskatchewan

Ricardo García Moya

Igual que Millikin en Illinois, por la universidad de Saskatchewan (Canadá) retoza Curt Wittin, autor de “Los catalanismos en la traducción castellana de la versión catalana del libro de Valerio Máximo” (Estudios de lin­güística, 1998). El laberíntico título alude, faltaría más, a la traducción valenciana acabada por fray Antoni Canals en 1395. El canadiense, imitador de Gulsoy y Germá Colón, degrada el perfil intelectual del dominico valenciano al afirmar que “Canals no era un humanista”, repitiendo la rancia consigna del Institut d’Estudis Catalans y la Gran Enciclopedia Catalana. Quieren encasillar a Canals como fraile garbancero, insensible al contenido de los textos clásicos que traducía. ¿Para qué? Está claro. La distinción entre lengua valenciana y catalana establecida por Canals en 1395 sería fruto de la ignorancia del dominico, al “no ser un humanista" consciente del valor de los conceptos.

No nos engaña Curt. El universo humanístico delimitado por Dante y Erasmo a­bergaba pintores, filósofos, mecenas, arquitectos y, como nuestro Canals, traductores que facilitaron el conocimiento de la cultura clásica a los que no sabían latín y griego. Fray Antoni Canals se anticipa en medio siglo a un Marsilio Ficino que traduce a Pla­tón para establecer paralelismos entre su pensamiento y el cristianismo; propósito idéntico al esgrimido por Canals para llevar al idioma valenciano a Séneca, Tito Livio y Valerio Máximo. Lo que escuece al fascismo catalanero es que Canals testificara la existencia de frontera idiomática entre las lenguas valenciana y catalana en el lejano 1395; cuando no existía -según la inmersión- secesionismo. La traducción en “llengua materna valenciana” fue encargada por Jaime de Aragón, obispo de Valencia, insatisfecho con la realizada “en llengua catalana”. Al trasladar el texto latino, Canals tuvo que buscar recursos lingüísticos de la lengua nacional valenciana, algo que no ofrecía la caótica lengua catalana plagada de provenzalismos léxicos y arcaísmos sintácticos.

Canals introduce por vez primera en una lengua peninsular un caudal riquísimo de voces sobre mitología, latinismos glosados y nombres propios con comentarios etimológicos. La lengua se enriquece y surgen neologismos como el sustantivo “imbecilitat”, que Canals -anticipándose al gallego, catalán y castellano- incorpora a la lengua valenciana en 1395. El hecho de que Jaime de Aragón remitiera una copia a los consellers de Barcelona, pese a que tenían otra en catalán, confirma que el valenciano era paradigma de lengua culta en la Corona de Aragón. La traducción valenciana se convirtió en modelo para humanistas catalanes y castellanos, como Juan Alfonso de Zamora en 1418. Al ser lenguas hermanas, hasta Curt de Saskatchewan entiende que “Juan Alfonso podía calcar (en castellano) la sintaxis del original” (p.455). Es decir, en 1400 era el léxico lo que diferenciaba el valenciano del castellano y catalán. Curt también se percata de que las voces neolatinas hispánicas eran similares, salvo mínimas variables morfológicas: “Asimismo, Alonso de Zamora encontró casi siempre alguna palabra castellana congénere de la voz usada por Canals” (ib).

Los humanistas como Canals propiciaron que la lengua valenciana poseyera voces del mundo clásico que en otras lenguas -como la catalana- se incorporarían posteriormente. Así, el sustantivo “pigmeu” se anticipa en textos literarios valencianos; p.e., en poesías satíricas como el “Somi del Infern” de Morlá: “Deu jagants y sis pigmeus” (v.68). Dueño de los recursos del idioma, Morlá usaba el patrimonial diminutivo, “els jagants y pigmeguets” (v.87 ), ambientando el sueño infernal con los mitológicos enanos que molestaron a la diosa Hera, fueron citados en la Iliada y lucharon contra las cigüeñas. De igual modo, la campiña mitología adquiría color con los selváticos faunos, sustantivo documentado en catalán en 1839 (Corominas); siglos antes, por la literatura valenciana correteaban los impúdicos semidioses en octosílabos que Mulet, en 1645, dedicaba a la pobre Maciana: “Visions de tots los diables, faunos, tigres... (v.530); “y may a somiat faunos, dragons...” (v.538)

Nuestros antepasados no jadearon tras los filólogos castellanos o catalanes suplicando autorización para incorporar tal adjetivo o sustantivo, sino que los modelaban partiendo de las lenguas clásicas; aunque no siempre fueran voces sublimes. Así, Canals usa por vez primera en un texto literario el escatológico orinal (“orinal ple de orina”). El dominico también fue el primero en usar en una lengua peninsular la voz “pedagog”, que daría “pedagoc” en valenciano moderno.

Canals recurría a latinismos cuando no hallaba en va­lenciano voces idóneas, actitud opuesta a la de los filólogos catalaneros, que no dudan en arrinconar voces genuinas, como Morvedre. Des­de el siglo XII existe documentación que informa de la evolución de las diversas grafías mozárabes del topónimo (Murus veteri, Murum Vetus, Murvedre, etc.). Antes de 1238 los valencianos que vivían en el área de la heroica villa crearon este topónimo, que no significaba el olvido del Sagunto histórico. Jaume Roig escribe: “huy dit Morvedre”, en 1460; y así fue hasta la inmersión, pues el nombre mozárabe fue respetado por los botiflers (en 1793 publicaba Enrique Palos la “Disertación sobre el teatro y circo de Sagunto, ahora villa de Murviedro”). En el franquismo, el Institut d’Estudis Catalans prohibió el topónimo Morvedre, sustituyéndolo por el latinismo castellano Sagunto o Sagunt. A los colaboracionistas Fuster y Guarner no les interesaba la huella del mozarabismo idiomático valenciano.

Pueden hacer y deshacer a placer. Analicen la malicia intelectual que exhibe Corominas en su ensalzado diccionario etimológico: “el valenciano Joanot Martorell afirma en 1437 que en catalán lo conocían ya hasta los muchachitos” (DCECH, tomo IV, Gredos, 1989, p.634) ¡Pobre Martorell! Ante esta falsedad cabe una duda: Si es punible plagiar textos sin citar al autor ¿no será más delito atribuirle una opinión falsa o un juicio inexistente? Lástima que a nuestras autoridades sólo les preocupe defender las señas de identidad de Cataluña y, por el contrario, ofrezcan subvención a los que destruyen las valencianas, como es el caso de Curt de Saskatchewan.

Diario de Valencia 10 de junio de 2001

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