Diplomacia catalana contra Valencia en 1599

Ricardo García Moya

En 1599, la Generalidad de Cataluña enarboló bandera de guerra parlamentaria para impedir que se celebrara en Valen­cia la boda entre Felipe III y Marga­rita de Austria; enlace considerado del milenio, pues también se unirán el archiduque Alberto de Austria con Isabel Clara Eugenia, regente de los Países Bajos. Eran, no hay duda, los poseedores del mayor po­der territorial jamás conocido, al gobernar Felipe III los imperios de España y Portugal.

El juego catalán

Unas cartas conservadas en el archivo de la Corona de Aragón reflejan el juego diplomático cata­lán para monopolizar el acontecimiento. El 15 de febrero de 1599, los diputados rogaron a Felipe II que el enlace se celebrara en Barcelona, pues ello supondría "engrandecer­nos y aventajarnos". La Generalidad argumentaba que "llegando tan cerca de ésta su Principado" sería imperdonable; además, "apenas hay un día de di­ferencia de Valencia a Barcelona, y la comodidad de los avisos de mar es mejor aquí, y para el desembarco de la reina, es el peligro tan eviden­te en esa playa valenciana". Los catalanes intentaron aterro­rizar a los reyes inventándose un "peligro tan evidente" que amena­zaba en la costa valenciana de los Alfaques (por cierto, parece ser que en 1599 este territorio era va­lenciano). Respecto a la "diferencia de un día", se referían al tiempo de nave­gación desde la frontera del Reino de Valencia a la capital de las sar­danas. Las misivas alternaban veladas amenazadas con frases poco alti­vas, como "suplicando humilde­mente" y "postrados a sus reales pies"; todo era válido para impedir que la ceremonia tuviera lugar en Valencia. Los catalanes sólo esta­rían satisfechos "celebrando en ésta su ciudad de Barcelona, sus reales bodas". Los "consellers" tampoco estu­vieron inactivos, llegando a impor­tunar a la misma Margarita de Aus­tria que se encontraba atravesando el norte de Italia -acompañada por la duquesa de Gandía-, en su viaje al Reino de Valencia. El 13 de enero de 1599 expresa­ban su "mayor dolor y tristeza por verse privados del casamiento tan deseado", rogando a Margarita para "que nos haga la merced de interceder con su Majestad (...) y no privarnos de tanta honra y ho­nor". Pero Margarita no queria saber nada de Barcelona, y la flota de cuarenta naves de escolta navegó hasta "entraren los Alfaques, lugar del Reyno de Valencia, donde de­sembarcó el 28 de marzo. Aquí se vio el contento de la Reyna por en­contrarse en tierra tan suya y tan deseada por ella", según recogió González Dávila, cronista real de Felipe III. Los catalanes esgrimían un su­puesto deseo de Felipe III por ca­sarse en Barcelona; pero no eran los únicos en usar tales argumen­tos." Las nupcias reales eran organiza­das meticulosamente y "el rey Feli­pe II dexaba acordado que las bo­das se celebrasen en su Corte de Madrid"; pero el Papa también quería intervenir en acontecimiento tan fastuoso, por tanto, el Papado, Madrid y Barcelona fueron rivales de Valencia. Sabiamente, los asesores áulicos cumplieron con el Papa, celebran­do Clemente VII los desposorios en Ferrara; pero fue un acto descafeinado, al ser por delegación y sin la presencia de Felipe III e Isabel Cla­ra Eugenia (Dávila, G.: Teatro de las Grandezas, Madrid, 1623, p. 51).

Los catalanes olvidaban la abso­luta libertad de los monarcas para escoger la ciudad que les diera su real gana. El 1 de septiembre de 1598 el moribundo Felipe II dicta­ba en el Escorial otro "Ordeno y mando (para) que se haga en lo de ese desposorio lo que la emperatriz eligiera y tuviera por mejor" (Dávi­la, G.: Historia de Felipe III, p. 47). En consecuencia, el 18 de abril de 1599. la reina Margarita "hizo su solemne entrada en la rica y pode­rosa Valencia" (p. 65). Allí esperaba el monarca y, pos­teriormente, con la catedral abarro­tada de la aristocracia más encum­brada de Europa (los Alba, Osasuna, Orange, Médicis, Andrea Doria, Almirante de Castilla, etc.), y, en presencia de los jurados de Valen­cia, se celebró la boda real oficiada por el patriarca Nuncio.

Lerma, autoridad absoluta en Madrid

En esta ocasión, los catalanes no pudieron llevarse la gloria del acontecimiento y tampoco consiguieron que jurase el rey los fueros catala­nes antes que los valencianos. Eran otros tiempos, con un Lerma (el Duque), erigido en autori­dad absoluta en Madrid y una "rica y poderosa Valencia". En aquella época, incluso el vi­rrey no valenciano como Juan de Ribera tenia agallas para exigir en las Cortes Generales de Monzón que nos guardasen el debido pro­tocolo y nombrasen primero al Rei­no de Valencia que al principado catalán. Todo ha cambiado. En este año de acontecimientos, nos tenemos que contentar con unos partidos de fút­bol olímpico, cedidos por la "gene­rosidad" catalana; aunque todos sa­bemos el precio que suponen: el mundo, mediante el trampolín televi­sivo, tendrá una idea clara de Catalu­ña como nación y unas colonias li­mítrofes (nosotros) sin personalidad histórica ni cultura propia. Los colaboracionistas podrán falsear a su gusto y decir que: "La corona catalana ha vuelto, del Roselló a Valencia, para que los turis­tas se queden fascinados" ("El Temps", 1-6-92, p. 65). Y Lerma continuará sonriendo, satisfecho y mudo.

Las Provincias 19 de agosto de 1992

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