El adjetivo "apichat"

Ricardo García Moya

El adjetivo valenciano apichat nos viene de tiem­pos heroicos, cuando el ejército de la Iglesia estaba bajo mando valenciano. Desde Roma, el papa Borja pedía compatriotas “per a guardia de roques” o forta­lezas, respondiendo el Rei­no con la incorporación de soldados, caballeros y reli­giosos como los Pertusa, Llopis, Serra, Crespí, etc. Los baluartes, desde el de Spoleto al romano de Sant Angelo, quedaron bajo mando valenciano, no ca­talán. Conviene recordar, dada la picaresca catala­nera, que el gentilicio ca­talán -según demostraron Setton y Chamberlin- era considerado insultante en la Italia del XV; de ahí que los romanos lo aplicaran despectivamente a arago­neses, valencianos y caste­llanos; igual que en Cuba tildan de gallegos a todos los españoles.

Los condotieros valencia­nos, disciplinados, envia­ban el parte de operacio­nes al pontífice. El remiti­do desde el “campament prop de Sent Agata” por Bertomeu Serra (1 octubre 1494), describe el asalto de la caballería y, como tácti­ca: “que maná desapichar la escaramussa”. Semán­ticamente, desapichar e­quivalía a afluixar o suavi­zar la acometida de las tro­pas. Si al verbo le restamos el prefijo des, cuya función principal es la inversión del vocablo primitivo, te­nemos el infinitivo apichar: acometer, acosar, for­talecer la acción, atacar, etc. Voz perteneciente a una familia léxica incómo­da para los etimólogos, to­do apunta al étimo tudesco “spich” (¿del lat., spicu­lum?), una de las múltiples armas punzantes que los ingeniosos armeros alema­nes diseñaban para los lasquenetes. La conviven­cia entre tudescos y valen­cianos -reflejada por Naha­rro en 1517- provocaba préstamos léxicos tras. la acomodación al idioma re­ceptor. De aquellos años y lugares nos viene el ger­manismo valenciano bigot.

El acerado “spich” salpi­caría de incógnitas léxicas la literatura peninsular. Un soldado castellano, en texto cervantino, quiere “espiches para meter en el infierno la mora canalla”; de ahí que en lengua española el verbo espichar significara “herir con arma puntiaguda”. A partir del XVII, sustantivo y verbo aumentarían su polisemia con derivados como la punzante espicha de tonel o el portugués espichar o ensartar. La familia léxica emparentaba con el italiano spicciare, “brotar impetuosamente”; es decir, como brotaba el idioma valenciano en boca del apasionado fray Pere de Denia en 1650: “mil desdichosos haurá (...) dos dinés de formache (...) també es chitá” (Vida de f. Pere, a.1677); o en la prosa del italianizante Joan Esteve. Su diccio­nario en idioma valenciano poseía más vocablos con ch similares a apichar con connotaciones castrenses o agresivas, como empachar y espachar (Liber, 1490). El primero equivalía a contrariar o impedir, en consonancia con el occitano empachar y el gálico empeechier. Por su parte, espachar aludía a perseguir o acosar.

La fonética del valenciano fuerte o apichat -núcleo de la producción literaria hasta la llegada del canibalismo inmersor- chocaba con los idiomas vecinos e incluso con los dialectos de la lengua valenciana (el de influencia mallorquina, por su llegada a la Marina tras la expulsión morisca de 1609; los de influencia castellana y catalana, etc.) Nuestros lingüistas fueron conscientes de esta riqueza. Carlos Ros redactó sus cartillas gramaticales “para entendimiento de la lengua valenciana y dialectos” (Ros, 1751, p.13), siguiendo el ejemplo de las “cartillas castellanas, catalanas, portuguesas y francesas” (ib.).

El politizado Institut d´Estudis Catalans desprestigió esta variable de la lengua valenciana, aferrándose al adjetivo apichat para acomplejar al millón de valencianos que usa esta variedad idiomática. Corominas divagó sobre el apichat y un inexistente étimo “atxibat” que, por metátesis moriscas también inventadas, daría el vocablo. La culpa de esta “mancha de aceite es de los churros” (sic), decía Corominas. Al académico le gustaba llamar churros a los habitantes del Reino que no hablan valenciano, sabiendo que es un término generado por la mala educación de la España negra. Se supone que los académicos tendrían que desterrarlo del uso culto (así lo hace en relación a los castellano hablantes de Cataluña, que no llama xarnegos o perros). El parnaso catalanero supuestamente sensible con las minorías, siempre aplica este anacronismo peyorativo, sabiendo que hiere y crea odio entre valencianos; objetivo prioritario de la inmersión. Ferrer Pastor, por ejemplo, intentó degradar algo más a la “mancha de aceite churra” que ensuciaba la catalanización. El colaboracionista usa el adjetivo cata­lán “espitjat” y censura a los “xurros” por su nefasta influencia hasta el Rosselló (Gramática, 34). El crimen más atroz que atribuyen al apichat es el en­sordecimiento de sonoras, con la unificación de grafías y sonidos como los de la s sorda y sonora. Este atentado a la humanidad (así lo presentan en insti­tutos y universidades) puede interpretarse de forma muy distinta si el investigador es tan asépti­co como Menéndez Pidal: “ensordecen s y j, a saber, el gallego que en esto se diferencia del portugués; y el valenciano de Valencia y de Gandía, con el catalán fronterizo de Ribagorza, Litera y Pallars” (Gramá­tica histórica, 115) ¿Com­prenden la cruzada catala­nera contra el apichat? Es un elemento diferenciador entre gallego y portugués, entre valenciano y cata­lán.

El ensordecimiento se intensifica hacia 1550 en­tre los romances peninsu­lares, afectando al alto aragonés,, al asturiano, ga­llego y valenciano, aparte del castellano. Esta heca­tombe no era tan nefasta, pues Cervantes, Góngora y Calderón crearon sus obras despreciando la dis­tinción morfológica entre s sonora y ss sorda. ¿Eran de más calidad las come­dias de Lope de Rueda por diferenciar sibilantes y es­cribir assar y no asar? Además, muchas de las grafías que introduce la inmersión son pasteles morfológicos; p.e.: “el ca­talán reciente glossa es cultismo moderno y artifi­cial” (DCECH). En valen­ciano nos metieron un gol los catalaneros (uno de tantos, como aplaudiment o el arcaísmo salutacions), pues la grafía correcta es glosa y gloses: “les dife­rents gloses” (Const. Univ. Valencia, 1655); “glosar lo llibre” (Pou,1575), “glosa­ri” (Escrig, 1887), “glo­ses”(Matéu y Sanz: Trac­tatus, 1654).

Resumiendo: el apichat no es una sucia “mancha de aceite de los churros”, como propaga la inmer­sión. El apichar o lanzar al ataque un escuadrón de caballería del papa Borja, o el apichar o fortalecer sonidos son hechos de la historia valenciana y del idioma valenciano; y no concierne su juicio a nin­gún Institut d´Estudis Ca­talans o sus cómplices.

Diario de Valencia 1 de abril de 2001

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