El extraño caso de Colón y “Colom”

Por Ricardo García Moya

(Profesor)

¡Qué lío con los nombres! ¡El otro día, leyendo un libro del francés Mota del año 1687, me enteré que Elcano sólo era Canuto: “Sebastián Canuto recibió una cadena del emperador con la figura del mundo y la inscripción Primus circumdidisti me”. Se­ría, quizá, un cambio eufemístico, como el efectuado por aquel inefable personaje llama­do Cipriano, Cipriá o Cebriá. Otras veces, como veremos, la mutación nominal obedeció a motivos menos simples.

Según una revista educativa catalana, Amé­rica fue descubierta en el “año 1000 por el islandés Leif Erikson, primer europeo que puso sus pies en el continente americano. Es por eso, que no deja de ser anormal la ilusión que les hace a los españoles celebrar el Quinto Centenario”. (E.C. n.° 285, p. 4) El posterior descubrimiento de Colón seria “fruto de la expedición de tres enloquecidos barcos tripu­lados por una cuadrilla de delincuentes”. La misma publicación alerta sobre el contagio de españolismo: “La carencia de autocrítica y el exceso de triunfalismo, tan impropio de la ideosincrasia catalana, se han de retirar de nuestro país, antes que el contagio sea irrever­sible”. Así, cuando en 1604, Jaume Rebullosa pregonaba “Para vencer mil mundos, basta un catalán nombrarse”, no era autobombo, sino verdad incuestionable. Son, no hay duda, pu­dorosos al advertir que: “Si ellos (los españo­les) quieren celebrar el V Centenario del pri­mer viaje, que hagan ellos solos el ridículo ante el mundo”.

Hay, sin embargo, un misterio digno de Agatha Christie. Las publicaciones catalanas se burlan de un tal Colón –genovés al servi­cio de Castilla-, calificando como criminales a los conquistadores y de fanáticos represores a los misioneros que le acompañaban. En las mismas publicaciones, y aquí surge el enigma, aparecen noticias referentes a otro “Colom” –sabio navegante catalán- que descubrió la “Nova Catalunya” (“El Temps”, 13-1-92, p. 51), acompañado por honrados expedicionarios que contaron con la ayuda espiritual de equilibrados religiosos, también catalanes. Te­nemos, como en un universo paralelo de Ray Bradbury, el mismo hecho protagonizado por dos entes: el Colón maléfico y el “Colom” bienhechor.

¿A qué se debe el equivoco? Según Jordi Bilbeny, a la feroz represión que permitió “es­conder 500 años la verdad de un Colom cata­lán” y toleró que maliciosos censores alteraran los gentilicios, anotando “Columbo, genovés”, o “Estéfano, veneciano”, donde decía catalán, menos mal que el perspicaz Vicent Partal ha descubierto que América fue la “Nova Catalunya”, como prueba la pervivencia en aquellas latitudes “de la ciudad de Bar­celona”. Es cierto, en Venezuela está Barcelo­na y su puerto de La Borracha, pero Partal olvida que en “América, habiendo dado los nombres de casi todos los Reynos de España, se hallan las mismas ciudades, como en Gali­cia de Nueva España está Santiago; en León, León”. (Manrique, A.: Escuela de Príncipes. Barcelona, 1752, p.167). También el Reino de Valencia tuvo su ciudad representativa en América, pero jamás Cataluña y si el Condado de Barcelona.

El citado Jordi brama contra la “censura terrible y tergiversadora” que afectó a los cronistas: “Es por eso que toda relación de Colón con Cataluña ha sido borrada de la historia”. Por tanto, es comprensible que es­tén irritados y se pregunten interiormente ¿cómo pudo extenderse el castellano en la “Nova Catalunya”? La Generalidad trata de recobrar la gloria “sustraída”; a tal fin, ensal­zan cualquier insignificancia, como la pre­sencia de una “compañía de voluntarios de Cataluña” hacia 1770, pero no impresionan a nadie. Llegaron un poquito tarde, cuando ya no existía el peligro de las belicosas naciones inca y azteca.

Y es que tenían vocación de imperio. Así, cuando los pequeños territorios unidos a Ca­taluña por compromisos matrimoniales –no por conquista- pretendían separarse de ella, la engolada Generalidad se escandalizaba del atrevimiento y suplicaba ayuda a Madrid. Val­ga de ejemplo lo sucedido en 1627, y la carta remitida por los diputados catalanes a la capi­tal de Castilla para que tomaran medidas sobre “la pretensión que tienen los Condados de Rosellón y Cerdaña de desunirse y separarse del principado de Cataluña” (Biblioteca de Cataluña; Ms. 1.008). Es razonable pensar que tampoco habrían “emancipado” a un continente, caso de haberlo conquistado.

Están nerviosos y no saben qué hacer. Sus escritores obran como Francisco Umbral, aun­que éste tenga el valor de reconocer que “para puta yo, si me encargan un articulo sobre Gorbachov, pregunto ¿a favor o en contra?”. Es decir, por interés crematístico alaban o cri­tican a quien sea; esto explicaría que argu­menten elogiosamente la ficticia participación catalana en el Descubrimiento y, -conscien­tes de sus etéreas razones-, desprecien la celebración del V Centenario.

En esta comedia castellano-catalana no po­día faltar la figura del payaso entrometido y torpón, protagonizada por el “progresismo” catalanero de la Generalidad valenciana, lan­zado a quemar millones del contribuyente en la extraña misión de hundir en el estiércol la historia propia. En Alicante, por ejemplo, or­ganizan “cursets” para todos los ciclos de en­señanza, con “dossiers” referentes al “compromís de l’escola front el V Centenari”. En Valencia, entre otras finezas, el anacrónico Darío Fo deleitará al respetable con su maniquea versión de la humanidad en 1492, tra­tando de enjuiciar el comportamiento de los conquistadores con las normas de la Conven­ción de Ginebra. En fin, estos “descolonizado­res” de pacotilla debieran recordar que los conquistadores no eran santos, ni mucho me­nos, pero actuaban dentro de los parámetros morales coetáneos; y los incas y aztecas ejer­cieron idéntica o superior crueldad en sus re­laciones con los pueblos vecinos.

Las Provincias 13 de marzo de 1992

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