Entre Luis Herrero y Raimon

Ricardo García Moya

Voy a Alfahuir escuchando la COPE. Como es habitual, Luis Herrero insiste en su ero­sión a la existencia de la Comunidad Valenciana, alegando que él es “levantino”. Si al­guien llama valenciano a un castellonense, monta el cirio ofendido y jaleado por Martín Ferrand, “alicantino consor­te”. Otra joya, Raimon asegu­ra por TV que es catalán de Xátiva. Estos levantino-cata­laneros son, respecto al Reino de Valencia, tan dañinos como ciertos individuos respecto a España.

Llego al convento de Alfahuir y compruebo que todavía no es de la Generalidad. No hay ofensivos carteles en cata­lán, ni han normalizado la fa­chada (la Generalidad, enlo­quecida, sustituye la cerámica barroca de los balcones por ter­cermundistas tablas de ma­dera o chapa oxidada en todo el Reino). En el claustro oigo la voz valenciana “vesita” e, in­conscientemente, recuerdo “La vesita” de Fernández de Here­dia, en el lejano 1530: En Alfahuir; oír “sinyor” o “ascolta” con abertura vocálica trans­porta a la Italia valenciana, donde la dulzura de las lenguas del Lacio y del Reino permitía a Cesar Borja y sus amigos Leo­nardo y Maquiavelo pronunciar “ascolta” y “ascolta”, “sinyor” o “signor”, “signora” o “sinyo­ra”. De hecho, el infinitivo “as­todiar” (Propaladia, 1517) apa­rece en los versos valencianos de Naharro, escritos junto al Tíber; y “asquena” figura en el Liber elegantiarum impreso en Venecia (a. 1489).

Vuelvo a la pesadilla diaria con un mamotreto remitido por la Generalidad a los cen­tros educativos, “Documents per a la historia de Vilafamés» (Ed.Generalitat valenciana). Son 700 páginas de mala idea y mezcla de valenciano, caste­llano y catalán para hacer creer al alumno que en el siglo XIV se utilizaba el “amb” o el “desenvolupar” en Vilafamés.

Entramos en materia. En Vilafamés o Castellón jamás hubo levantinos, sólo valen­cianos. Es decir, al no existir elementos como Luis Herrero o Raimon, nadie se avergonza­ba de poseer un idioma valenciano y pertenecer al Reino de Valencia. Analicen lo que se deduce de la biografía de Vitoria Gavalda Zorita, una valenciana nacida en Vinaroz en 1653, que, actualmente, sería motejada de blavera. La ma­yor parte de su vida discurrió en el palacio del Bayle de Vilafamés -actual Museo de Arte Contemporáneo- por matri­monio con Baltasar Mas, que ejercía tal cargo. Tenía sentido del humor; doña Vitoria, pues del diantre o demonio que se aparecía por las estancias del actual museo, lo que más le horrorizaba eran “los trajes espantosos” que vestía (p.2 1).

La biografía tendría que leerla Luis Herrero. El autor, con orgullo, recuerda la visita a Roma y la emoción de obser­var en “San Juan Laterano, la lápida donde yacen las cenizas de un valenciano” (p.6). Con parecido sentimiento escribe: “Murió, señores, en esta Real Villa de Vilafamés doña Vitoria, pero vive su noticia en todo el Reyno de Valencia” (p.6). Como podemos comprobar, no existían dudas en 1697 sobre el gentilicio de los nacidos en Vinaroz o Vilafamés, ni tampoco respecto al título del territorio.

Doña Vitoria hablaba la Lengua Valenciana. El biógrafo recuerda que, “graciosa, decía estas palabras en nuestro Idioma Valenciano: Haveu vist lo Sant Gloriós quin tal estava ni ya de torbat, pues ya volia pendre el fardet al coll y anarsen ?“(p.22). Aquí comprobamos que, hasta los valencianos más septentrionales, eran conscientes de la posesión de la una lengua propia, “nuestro idioma valenciano”(id.). El biógrafo, culto franciscano conocedor del latín y de la lengua hablada al norte de Tortosa (había vivido en el condado), mantenía el clásico recur­so morfosintáctico de agrupar infinitivo y enclíticos, en lugar de la aparatosa solución ideada por los filólogos catalanes del XIX, que daría “anar­se'n”. Los valencianohablantes agrupaban verbo y pronombres, “anarsen”; según la tradición clásica, “anarsen de algun lloch” (Esteve: Liber,a. 1489).

La valenciana de Vinaroz usaba la conjunción “pues”,       no “doncs”. De igual modo en que se introdujeron galicismos e italianismos, este derivado del latín “post” formaba parte del idioma valenciano desde el 1600. En la transcripción de las frases de Vitoria al lenguaje escrito, encontramos cierta vaguedad en la oración interrogativa. Es decir, al inicio no figura el signo de interro­gación, una tosquedad que es ofertada por la inmersión, cual si fuera un triunfo del cientifismo sintáctico, cuando sólo es un regreso al pasado, ya que las lenguas peninsula­res padecieron esta carencia hasta el siglo XVIII. Hasta los escritores madrileños coetáne­os de Vitoria Gavalda escribí­an: “le preguntó el tal figura: que hay señor amigo?” (San­tos, Francisco: El no importa de España. Madrid 1668, p.26)

La Lengua Valenciana, para delimitar la unidad melódica, incorporó signos de interroga­ción al principio y fin, acep­tándose esta norma hasta tal punto que, en 1840, la usaban incluso escritores populares como Bonilla: “y el president pregunta: ¿tots tenen el dit en alt?“ (El Mole, 1840, p.l73), y, en el XX, catalaneros como Sanchis Guarner: “¿La collita, bona?” (Gramática, p. 139) Los literatos en lengua valen­ciana, castellana o catalana tampoco regularizaron el sig­no de admiración al inicio de la frase hasta el siglo XVIII. El citado novelista madrileño escribía: “O que gentil figura para un escaparate ! “ (San­tos, F: El no importa. Madrid, 1668 p.26).

Han pasado siglos desde que Vitoria habitara el palacio del Bayle, y todo indica que el espíritu de la elegante burgue­sa -muerta a los 43 años- no encontrará reposo en el actual Museo de Arte Contemporá­neo. La que criticara en vida la inelegancia de los “espanto­sos trajes del diantre” obser­vará inquieta los Tapies de sus muros; y la que hablara el gra­cioso idioma valenciano escu­chará bárbaros “amb”, “doncs” y “desenvolupaments”. Puede que hasta el diantre o demo­nio -normalitzat con curset taranconiano- deambule noc­turnamente esbozando pasos de sardana entre sillares cen­tenarios. La noble Vitoria, valenciana de Vinaroz y Vila­famés, orgullosa de su Reino e idioma valenciano, es el po­lo opuesto del catalán Rai­mon y el levantino Luis He­rrero.

Diario de Valencia 12 de enero de 2001

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