Contracción y yuxtaposición

Por Ricardo García Moya

Pon, pon, pon... dia tras día. Las dominicas recoletas de Villarreal no sabían qué hacer. Cuando el silencio debía acompañar al recogimiento, el impacto de pelotas destrozaba la paz del convento del Corpus Christi, hasta que la superiora suplicó al virrey de Valencia en 1691 que "trasladara de sitio el juego de pelota que hay delante de la puerta" (ACA, D. 230, 1691). Esto sucedía en el norte; en el sur, comó era habituel, Alicante incordiaba a los ilicitanos: "Alicante embarga mercaderias en el puerto de Santa Pola a los vecinos de Elche" (ACA, D. 244, año 1691). Aunque lo que asombraba a todo el Reino eran las aventuras del canónigo Llop al pie del Benacantil; pero esto lo dejo para el final (sólo pretendía una introducción liviana).
El idioma valenciano de las monjas de Villarreal y del canónigo Llop utilizaba la contracción ("pa en oli", panoli) y yuxtaposición ("vi agre", vinagre) para formar palabras o elidir grafías. Estas leyes se alteraron con la introducción del apóstrofo en el siglo XVIII, aunque pudo retrasarse en obras impresas por la carencia material de los mismos. Todavía en 1802, la viuda de Martín Peris -dueña del taller de la calle del Pozo- advertía que "no ha observado la más propia ortografía de la lengua valenciana por faltar los apóstrofes (sic) en su imprenta"; lo que indica la feble memoria del pueblo. La "más propia ortografía de la lengua", referida a los apóstrofos, apenas se remontaba a dos décadas.
Antes y después de 1707 (fecha que no supuso ruptura ortográfica ni léxica) muchos prosistas y poetas valencianos huían en sus obras del vulgarismo de la elisión: "de or", "casoles de olors", "al Angel li ha dit" (Fiestas del Carmen, Valencia, 1622). Si hoy escribiéramos "de Oriola" nos tildarían de incultos, aunque tal construcción era la admitida en la cancillería real, y así aparece escrita por doctores como Pere Montanyes en el libro de capítulos "de Oriola y Alacant", en 1613. El notario Carlos Ros, ya en el XVIII, alternaba contracción y yuxtaposición con las formas completas ("al amich, al home, de adages"); regla que también hallamos en algún coloquio de escritor culto coetáneo de Ros: "qué direm de este sígle" (BNP Ms. 419).
Con el ñoño romanticismo, junto a pastiches léxicos neogóticos y quincalla provenzal, el advenedizo apóstrofo fue admitido por los valencianos, pero no la unidad con el catalán. En el siglo siguiente -en el cacareado año 1932- el firmante más cualificado de las normas de Castellón sacaba a luz la "Ortografía valenciana", con su protesta por "l´Ortografía imposada per l'Institut d'Estudis Catalans" (p. 64) y la denuncia contra la politizada unidad de la lengua, "per les diferencies marcadíssimes en una i atra llengua" (p. 64). Tentado y premiado por el IEC, también Fullana caía parcialmente en el cepo normalizador. Un nimio ejemplo lo ofrece la preposición "pera, así escrita por el filólogo de Benimarfull en su "Estudi de filología" editado por Lo Rat Penat en 1908, y que tanto él como la institución alterarían posteriormente por influencia del IEC. Con valor semántico y función sintáctica distinta a las preposiciones a y per, los catalanes de principios de siglo la transformaron en la compuesta "per a", enumerándola como una más: a, per, per a, etc. Actualmente, esta arbitrariedad se ha filtrado en los lugares más insospechados; no sólo en la falsa Gramática valenciana de la Generalidad, que da como paradigma la construcción: "per a la febre" (p. 206); cuando en idioma valenciano anterior al toque fa- briano de 1911 sería "pera la febra".
El diccionario de Escrig y Llombart mantenía la grafía en 1887, dando ejemplos: "pera anar més cómodo". Igual criterio adoptaba Carlos Ros en sus "regles pera escriure" (Cartillas, 1751 ). En 1561, el áulico Luys Milan anotaba: "pera mal marit" ("EI Cortesano"). A pesar de su clasicismo, la grafía compacta no gustaba a Fabra, y desde 1911 comenzó la mutación de "pera" en "per a". Incluso hubo filólogo a la violeta que maquinó crear la voz comá. La frase "com a caps de bandolers" ("Luces de Aurora". Valencia, 1665, p. 334) se transformaría en "comá cap".
La inmersión, ¡ay!, lo aprovecha todo. Así, por influencia de la sintaxis de los mallorquines llegados después de 1609 a zonas de la Marina y Aitana, los medios usan la expresión "bous al carrer" aunque el festejo se celebre en la restante zona del Reino. El licenciado Serres, en 1669, nos recordaba el uso de la preposición en: "la festa dels bous allá en lo mercat" (Real Academia, Valencia p.103). En fin, como lo pro metido es deuda les doy un apunte de la historia citada al inicio del artículo.
El casco antiguo de Alicante -templo del calimocho- alberga entre etílicos vapores el fantasmal recuerdo del canónigo Llop, libertino que alcanzó merecida fama en el Imperio de Carlos II. No tuvo seguidores, ni sus enseñanzas fueron modélicas; jugaba a naipes, alternaba con comediantas y manejaba la espada como Cyrano, dando fe de ello el mandoblazo que en la noche del 4 de octubre de 1681 asestó en el cráneo al "secretario del obispo de Orihuela, cortándole la oreja". Fue castigado con la pena que más dolía a un alicantino del 1600: "Desterrado del Reyno de Valencia, sin poder entrar en Orihuela ni en todo su obispado". Es, repito, una historia inédita; pero la Batalla de Valencia impide que nos ocupemos de la misma. Tengan en cuenta que en estos días, los jóvenes valencianos son forzados a examinarse de catalán -ese del amb, del esport, del xai.. -en todo el Reino.

Las Provincias 7 de Junio de 1998

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