El retrato boca abajo del Borbón

Por Ricardo García Moya

El sustantivo valenciano “ninot” estaba impuesto ha­cia el 1700, usándolo litera­riamente Ros en alusión a personajes ridículos o estrambóticos: “aquells ninots ab gavinets” (Ros: Coloqui de les Dances. h. 1734). Algo más tarda, en 1801, se docu­menta “ninot” (Bib. Nac. Ms. 3905) por primera vez en la historia de la lengua con el significado de escultura gro­tesca, fuera esculpida en pie­dra, modelada en barro o construida con cartón. El vo­cablo valenciano ninot, que pasaría al catalán y castella­no (Dicc. Seco. Aguilar 1999), derivaba del hipotético “ni­nus” latino, generador del asturiano “nino” del Fuero de Avilés (a. 1155); los “ni­nos” y “ninas” de la lengua castellana de Valladolid (a. 1222), además de los “ninno” y “ninna” italianos o el “ne­na” portugués y castellano. De aquella caótica koiné me­dieval surgieron vocablos que sedimentaron singularidades semánticas en valenciano, ga­llego, castellano, etc.
Uno puede pasear por la orilla del asturiano “riu Llo­bones” o por la playa de “La Espasa” y oír que le llaman “nin”, apelativo cariñoso que todavía usan en Colunga para llamar a niños y mayores. Es­ta comarca asturiana lindan­te con Villaviciosa no es úni­ca, pues en la distante Miran­da de Duero también conser­van la voz y, en la cor­te española del XVII, los “me(nin)os” y “me(nin)as” jugaban con princesas e in­fantes reales. Para no extra­viarnos en la selva léxica peninsular, lo interesante es que “ninot” era el muñeco; y “nina” ya en el Renacimien­to, era la muñeca de jugar “les chiques” en idioma va­lenciano, como recoge Pou: “les nines ab que juguen les chiques” (Thesaurus, 1575). Respecto a ninot, en el ma­nuscrito valenciano de la Bi­blioteca Nacional leemos que “el disapte, 5 de setembre de 1801”, el pueblo amotinado exigía que fueran retirados “aquells ninots que havia da­munt del Portal del Real” (f. 39). Los ninots representa­ban al corrupto intendente de Valencia y su auxiliar, recor­dando esta protesta otras ac­tuales donde se censuraba el catalanismo político con la frase: “¡No volem un ninot de president!”.
Insatisfecho, el pueblo que­ría destruir el retrato del intendente expuesto en la Academia de San Carlos: “y no haventlo allí encontrat, saberen que en Casa Lopez estava pera apanyar”. El pm­tor Vicente López parece que se escondió en la vivienda, siendo la esposa quien entre­gó el retrato, llevándolo la muchedumbre a la plaza de San Jorge donde, “arrimat a la paret”, fue puesto boca abajo para burla del ladrón: “altsant lo cap per amunt y giranlo per avall”. Esta ac­ción requería valor, pues el intendente Jorge Palacios tenía mando de fusileros, y la artillería de la Ciudadela apuntaba los edificios de Va­lencia. Al final, el óleo fue desgarrado en mil jirones que la muchedumbre recogió co­mo trofeo.
¿Es civilizado destrozar obras de arte o ponerlas en posición invertida para burla del retratado? Estos actos son inevitables cuando la convul­sión social es violenta e im­previsible, así, como en sa­queos y venganzas de tropas enloquecidas.
Los “ninots” de 1801 no sa­bemos si eran mediocres y, en el caso del óleo, podría tratarse de una obra de arte como la que Vicente López realizó con el retrato de Goya. Los valencianos seríamos más ricos culturalmente si se hu­bieran conservado, aunque dadas las circunstancias de opresión en 1801, era discul­pable la acción. Otro caso muy distinto es el del retrato de Felipe V del Museo del Al­mudín en Xátiva, colgado boca abajo como castigo por el incendio de la ciudad en 1707.
Según ha dejado propagar el fascismo catalanero y los copistas indocumentados:
“Felipe V hizo de la ciudad una hoguera... y desde enton­ces un retrato del primer Borbón español cuelga cabe­za abajo en el Museo del Al­mudín” (La Verdad digital, 28 de octubre 2002). Esto es una estupidez. El óleo de Felipe V fue puesto boca abajo en 1940, cuando no ofrecía ries­go burlarse de la monarquía, sino todo lo contrario; en tales fechas -con torturas y re­presión franquista en su apo­geo-, lo heroico hubiera sido poner el careto del Genera­lísimo boca abajo. El lienzo invertido es otra ñoñería de los blandos valencianos que digieren su sopita diaria de progresía revolucionaria den­tro de un orden; bien sea con­templando el ninot del Bor­bón boca abajo, bien escri­biendo Mutxamel con tx (gra­fía mamarrachera, jamás usada en el topónimo) o escu­chando a la millonaria abuela Mª del Mar Bonet (algo ma­rranilla, el otro día apoyaba la suela del zapato en la pa­red de un interior histórico, ensuciándola, como hacen los niños malos).
El óleo invertido cuenta con el aplauso de los colabo­racionistas, aunque es acto de incultura lamentable y de motivaciones espurias; apar­te de que Xátiva fue repobla­da tras el incendio por boti­flers. En 1940: ¿quién odiaba a Felipe V, cuando el acojone era el paseíllo entre máusers? La traslación al lienzo de Amorós del resentimiento po­lítico hace que el nombre de Xátiva se asocie a otros com­portamientos más o menos censurables: en 1499, arcabu­ceros gascones destruían la estatua del odiado Francesc Sforza, obra de Leonardo. En Israel no hay retratos de Wagner para invertir, pero prohíben su música; tampoco quedan efigies de Buda en Afganistán, ni iconos bizanti­nos de Cristo en Santa Sofía de Constantinopla ¿Hay que destrozar o burlar la iconolo­gía “enemiga”? No, por su­puesto, hay que civilizar las costumbres, además de que la mayoría de personas cultas que visitan el San Pio V, el Prado o el Louvre no busca patochadas humillantes ha­cia los retratos e Felipe II o Luis XIV, reyes causantes de asaltos, incendios y masacres. En los museos civilizados no se incita al odio o la burla, co­mo en Xátiva, sino que se intenta elevar al ser humano proporcionándole goce estéti­co con las veladuras de una carnación de Rubens, los vir­tuosismos cromáticos de un Sorolla o la austeridad de un bodegón de Sánchez Cotán.
El Museo de Xátiva está preparado para catalanizar a los estudiantes que son lleva­dos como rebaños. Así, por ejemplo, el comentario de una maqueta dice que esta hecha con “cartró” ¿No se entera el director que esa “r” es esperpéntica y catalana? Deri­vada del italiano “cartone”, la voz “cartó” es la valencia­na viva y culta.
Este martes, a las doce, no había un visitante en todo el recinto; ninguna aglomera­ción me impedía ver la magnifica escena de batalla que Joseph Amorós pintó en 1720, pero no podía saborearla por estar invertido el óleo de Felipe V, ya que la escena citada está integrada en el fondo paisajístico del retrato castigado. Hay una solución: que el cuadro se ponga en posición correcta, como en los museos civilizados, y que se entregue al visitante una trompetilla de “cartó” para lanzar pedorretas a la obra de Amorós. Hoy, la valentía de los setabenses no se demues­tra alanceando muertos como Felipe V; lo difícil es oponerse al fascismo catalanero.

Diario de Valencia 3 de noviembre de 2002

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