El saboret del desamparats

Por Ricardo García Moya

Con letra bailarina, el 23 de agosto de 1793 firmaba Don Vicente de la Llave la autorización de la comedia Las valencianas de Luis Moncín, un dramaturgo catalán que favoreció la uniformidad del idioma español en el Imperio (inmenso geográficamente en el XVIII). Sus entremeses, dramas líricos, sainetes y comedias propagaban el castellano de un catalán como Moncín a los hidalgos de Bilbao o los hacendados criollos de Nueva España. No obstante, el valor literario era inverso al de su éxito, y no es exagerado plantear la proporcional: Moncín es a Moratín como Corín Tellado a Cabrera Infante.
La ideología del teatro popular de Moncín era políticamente tan correcta como el que subvenciona nuestra Generalitat; pero en lugar de catalanizar, Moncín ensalzaba el absolutismo borbónico y la raza española. El comediógrafo tuvo su mayor éxito, con "Hechos heroicos y nobles del valor godo español", recaudando 86.000 reales en diciembre de 1784. Partícipe del proyecto común idiomático y político de España, no sorprende que este catalán que mezclaba en sus comedias a valencianos, castellanos y vascos, haya sido excluido de la Gran Enciclopedia Catalana.
En "Las valencianas" (AHM, Tea.1-161) refleja las andanzas de los horchateros en el Madrid goyesco. Los nombres de Chimo, Vicenta, Querol, Codina y algún vocablo valenciano caracterizan la obra, pero Moncín no buscaba reivindicaciones idiomáticas, sino halagar al poder. Era tan pelotillero que hace propia de un valenciano esta frase: "¡Cómo bailaba yo el año que entró Felipe V en España" (f. 9). Vestidos con "alpargatas y zaraguells amples" (f.11), los actores tocaban sones del Reino: "¡Chimo, saca la dolsaina; y tú, el tabalet" (f.7). Los versos situaban la acción: "a Madrid nos vinimos / a ser comerciantes de / chufas y agua de cebada, / pero es tan grande en Madrid / de valencianos, la plaga / que no hay esquina ninguna / que no tengan ocupada"(f.10). Ante tal competencia planean volver al Reino: "trabajando: tú, las chufas ¡ y tú, con el savoret (sic) andarás por calles (f. 10). "un trozo de tocino / en un bramante se ata / repitiendo en voces altas / ¿quí vol savoret? Entonces / en todas aquellas casas, / que por ser pobres / no pueden comprar tocino en la plaza, / por un dinero, un ochavo, / por tres veces mete y saca / el tocino en la olla que / está hirviendo, y arrebata / la olla en las tres zambullidas / del tocino la sustancia". Esta engañifa gastronómica para desamparados del Reino era rentable: "hay pedazo de tocino que da para cinco semanas el saboret" (f.13),
En 1793 se había impuesto una castellanización cultural que despreciaba las lenguas periféricas. Para el ciudadano medio, el vasco era una jerga prehistórica; y el valenciano, gallego y catalán, unos dialectos incultos sin literatura o gramática, similares al andaluz o extremeño. El sainetero González del Castillo -autodidacta que nació y vivió en Cádiz hasta que la peste de 1800 se lo llevó- pone en boca del pedante eclesiástico estos versos: "Ahora escribo / una obrilla muy extensa /, (una) gramática cuatralingue (sic), / o preceptos de las lenguas / andaluza, valenciana, / catalana y aun gallega.". Esta opinión se afianzaba en las clases populares, aunque alguno fuera consciente del fraude intelectual que suponía rebajar a dialecto las tres lenguas; especialmente la valenciana, poseedora de siglo áureo y del primer diccionario impreso en la península.
Discretamente, la lengua valenciana era reconocida como clásica. Coetánea de las obras de Moncín y González del Castillo es el acta de la Inquisición donde se autoriza el "Llibre de les dones, para conservación del idioma valenciano" (A. Hist. Nacional, Inq. L. 4504, 4 de julio de 1793); y en la Academia de Buenas Letras de Barcelona, el "Informe sobre el valenciano" (a.1793) del doctor Alegret aludía a "la excelencia del idioma valenciano y su actual estado". Pero el pragmatismo diario exigía el castellano para cualquier actividad, factor que sumado al desprecio de la Administración hacia las otras lenguas reafirmaba la creencia de que sólo el español era idioma. El error perduró hasta el siglo XX, incluso en personas de cierta formación filológica como Timeo Rebolledo que, en 1900, escribía: "el caló, como el dialecto valenciano y el catalá, se deriva de la madre lengua española" (Conceptos sobre la lengua gitana. Granada, 1900).
En la última década del XVIII los padres valencianos intentaban que sus hijos aprendieran el español en la escuela; pero conservaban su idioma materno distinto al castellano y catalán. En un ejemplar del "Diario de Valencia" de 1791 se defendía que el nombre de las calles debía escribirse "en castellano, o valenciano". Es decir, el idioma valenciano seguía su evolución, incorporando léxico y amoldando morfología y sintaxis a voluntad de los usuarios. Significativamente, el catalán Luis Moncín utiliza la voz saboret, consciente de que el uso frecuente de diminutivos era y es un rasgo diferencial del idioma valenciano. De igual modo, selecciona el hipocorístico valenciano "Chimo", rechazando el equivalente catalán "Quim" o "Quimet" (la grafía catalanera Ximo no existía). El integrismo idiomático no aprecia la obra de Luis Moncín y, como ya dijimos, le aparta de la bibliografía del canon, pese a que sus comedias salían de la típica imprenta barcelonesa de Pablo Nadal en el 1790; aunque, ¡vade retro!, impresas en el idioma español.
Actualmente, nuestras simpáticas autoridades capitaneadas por San Zaplana, virgen y mártir, hacen lo contrario que Moncín: destruyen frenéticamente toda singularidad idiomática valenciana. En Alicante, ojito derecho del PP cambian la calle "Verge dels Desamparats" por "Desemparats", obedeciendo a sus amos del IEC. En el complejo arqueológico de la Albufereta, la Diputación de Julio de España informa del horario de "tarda" (los que se ríen del valenciano "vesprá" o "esprá", tiemblan de placer ante la corrupción catalana "tarda"). En mi barrio, frente a la Pollería del padre de Ester Cañadas, el Ayuntamiento del PP ha colocado la placa del esportista nosequé ; en la otra esquina, un cartel de "poliesportiu" hace guiños al escolar indefenso que sale de la paraeta de la madre de Ester Cañadas. Aquí , salvo mi vecino de Ibi y servidor, todos proceden de fuera del Reino y les da igual "esportista" que "deportiste"; pero a los políticos no, pues tienen que imponer lo que diga el IEC. Nos están dando un engañabobos saboret cultural.

Diario de Valencia 13 de mayo de 2001

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