En un café literario

Por Ricardo García Moya

Con sólo ocho páginas, “El café” (Valencia, 1816) era un sai­nete que retrataba la fauna habi­tual de estos locales: el poeta sin inspiración, un infame “novele­ro”, dos majos desvergonzados, un pedante abate (neologismo que aludía al eclesiástico menor; p.ej., un deán, no al abad de con­vento), el chulesco currutaco, etc. La imprenta de Orga publicó esta y otras piezas castellanas que, a bajo precio, se podían adquirir en la librería Navarro de la calle de la Lonja de Valencia. Entre 1813 y 1816 salieron del taller de Orga multi­tud de comedias y dramas de Lope de Vega, Moreto, Matos Fragoso, etc.; aunque su especia­lidad fueron los sainetes: El alcalde toreador, El almacén de criadas, etc. El ambiente que refleja “El café” retrotrae a fines del XVIII, anterior al de los loca­les parisinos donde Verlaine des­tilaba en alcohol sus estrofas; o donde Gómez de la Serna redu­cía todo a greguerías, hasta las camareras, “guardias civiles de gala que defienden el café”. El autor de “El café” parece ser el madrileño Ramón de la Cruz, prolífico creador de centenares de sainetes que cumplían la humilde función de entretener mientras se cambiaba el decora­do. Los cerca de quinientos que se le atribuyen son acordes con la cultura unificadora borbónica, despreciadora de lo que no fuera castellano, desde costumbres a idiomas.
En el breve sainete, el drama­turgo busca la sonrisa con las miserias del “currutaco Don Sebastián”, un esnob que pide las gacetas de Leyden y Lugano. El dueño del café, sorprendido, pregunta: “Señor, si usted no sabe esas lenguas, para qué las quiere?”. A lo que el currutaco responde: “Pero conozco las letras, y es fuerza para citarlas haber leído siquiera los títulos” (p. 1). Tras pedir “café y un vaso de agua”, los tertulianos abor­dan la cuestión de los proyectos literarios del abate Don Julián. Usando el mordaz diminutivo, inquieren: “Abatito, cómo vamos de tareas literarias? Circuns­pecto, el aludido contesta: “Aho­ra escribo una obrilla que me adquirirá gran fama.., una Gramática cuadralingue (sic) o precepto de las lenguas andalu­za, valenciana, catalana y aun gallega” (p. 1). Se supone que el público reaccionaría con carcaja­das al ridículo intento de estruc­turar gramaticalmente lo que el castellano consideraba jergas ridículas. En la época en que fue escrito “El café”, entre 1760 y 1790 (algún personaje lleva pelu­ca y espada), el progresismo bor­bónico convertía al castellano en la única lengua culta de España, rebajando a dialectos rústicos las lenguas periféricas. Observen que Ramón de la Cruz usa la misma artimaña “científica” contra el valenciano, catalán y gallego que ahora esgrime García de la Concha, el rector Tomás y los académicos de Ascensión: rebajar el valenciano al nivel del andaluz; dialecto que carecía de producción literaria, diccionarios, siglo áureo, etc.
Bajo el absolutismo borbónico, los rectores y académicos de pelucón y casaca eran conscien­tes del genocidio idiomático que estaban cometiendo. Ejemplo de esta ruindad son los argumentos del doctor Cevallos (Gramática, apénd. doc. Madrid, 1771), defensor de la existencia de una sola lengua en España: la caste­llana, siendo las demás un “vicio sucio”. El supuesto racionalista considera vulgares dialectos del lemosín al valenciano y catalán (por este orden), pero su mayor desprecio es hacia el gallego: “los gallegos retienen solo entre los vulgares (labradores, marine­ros... ) un dialecto que tiene gusto de rancio y viejo”. Respecto al vascuence, nuestro gramático no quiere ni opinar: “el vascuence Dios sabe lo que es”. Los razonamientos del cafre erudito convierten en poco más que ladridos a la bella lengua vasca, y reduce a primitivos dia­lectos los demás idiomas.
Ante la evidencia de que, en el XVIII, nadie respetaba a los valencianos y su lengua, habría que sopesar la teoría del ensayis­ta Jean d’Ormesson: la eclosión cultural de los pueblos está aso­ciada a la potencia militar de los mismos. En tiempos de Ramón de la Cruz era nula la autonomía castrense del Reino, aunque todavía en 1599 Lope de Vega admiraba sus marciales compa­ñías: “Se descubría un esqua­drón formado / de valenciana y fuerte soldadesca /, más bizarra que esquizara o tudesca” (Lope de Vega: Fiestas en Denia, Valencia 1599, p. 11). El poeta no exageraba al alabar a la infante­ría valenciana como superior a la turca y alemana (en 1651, en la guerra contra Cataluña, el gene­ral prefiere “tercios del Reyno de Valencia a los alemanes que van viniendo de Flandes”. ACA, Leg. 262, 1651) Tampoco es casual que, en 1611, el etimólogo Covarrubias tratara por igual al idioma valenciano que al francés y castellano en su Tesoro de la lengua (p. ej., al analizar la voz “belitre” supone que es algo de poco valor “en lengua valencia­na”). Sigamos con el tema del café, pues el éxito de los estable­cimientos donde se consumía acarreó la necesidad de neologis­mos. En idioma valenciano sur­gió “cafens” con el característico morfema “ns”, pluralización analógica de los clásicos vergens, homens, etc. La proliferación de estos locales en Valencia hace que el sustantivo sea frecuente en los sainetes: “atres comparses dels cafens” (La tertulia de Colau, 1866); “en u deIs teatros cafens” (Balader: Miseria, 1872). El pueblo valenciano creó varia­bles morfológicas para matizar entre el local elegante, el taber­nario y “cafeti” de barrio -que generalmente se conocía con el nombre del propietario-, donde el matalafer, el sastre y el boti­guer criticaban a los políticos: “el cafeti de So Toni” (Llómbart: Abelles, 1878); “un got en lo cafetí” (Escalante: Matasiete, 1884). Al derivado valenciano “cafeter” (este chic cafeter) se oponía el catalán “cafetaire” (aquest noi cafetaire). Por cierto, el IEC está rechazando voces catalanas como “cafetaire” (documentadas por Corominas), sustituyéndolas por las valencia­nas en el Dicc. de la Llengua Catalana (lEC, 1995). Son estra­tegias para devorar el idioma valenciano.
Para sainete literario el del otro día en la ya casi catalana Castellón. Bajo la autoridad de Joseph Vicent Felip -papero ten­táculo de San Zaplana para labo­res de innovación catalanera y camuflaje-, y un changlot de blandos politicos valencianos se otorgó el título de ídem del año al presidente del Institut d’Estudis Catalans. Este indivi­duo, un tal Manel Castellet, reprendió y arengó a los políticos colaboracionistas presentes para que siguieran con la penetración catalanera sin desmayo, mien­tras aguantara la víctima.
Es lo que está haciendo el cita­do Joseph Vicent Felip desde su cargo de fallera mayor de Innovación de Política Lingüística de la Generalidad. Tras ponerse las manos más rojas que un tomate de tanto aplaudir al gurú del lEC, Felip pensaría que ha cumplido; la “innovación educativa” prosi­gue, con el CEFIRE de los hue­vos dando catalán a los maes­tros; y la sardanera “XXVII Escola d’estiu del País Valencia” (exhibiendo, como en tiempos del Cipriano, lo de país y cuatro barras del estado catalán), lista para seguir este verano su pesti­lente labor catalanizadora con la colaboración ¿de quién? Está claro, de la Generalidad de San Zaplana y su peana. Me viene a la mente la pitonisa Lola, aque­lla que dice: “¡Bazura, que zois bazura!”

Diario de Valencia 30 de Junio de 2002

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