Filología y gases…

Por Ricardo García Moya

Todo comenzó hace un año. Un señor amabilísimo, locuaz y andrógino, se presentó en casa y nos convenció para que instaláramos gas natural para todo, incluida calefacción, por ser el más económico (mentía), de los sistemas. Ahora, tras las vacaciones, compruebo qua me han gasificado 221 metros cúbicos de gas que no he gasta­do ni los marca el contador. Llamo al teléfono de los gasea­dores y, desganadamente, el contestador susurra: “Diga si prefiere hablar en catalán o castellano”. En fin, comprendo que traten de cobrarme de más (necesitan pelas para la carísi­ma publicidad que insertan en revistas y prensa nacionalista de Cataluña), pero podían disimular su labor expansionista y respetar que en Alicante se habla idioma valenciano. Por lo visto, ejercen de filólogos justicieros y ya han decidido, cual si fueran polilingüistas del IEC o AVL, gasear el idio­ma valenciano.
De gases a vapores etílicos. En 1816 se publicaba, en Valencia el sainete “Amo y criado en casa de vinos genero­sos” (Imp. de Estevan, frente al Horno de Salicofres), con personajes unidos por amor al morapio.
El dramaturgo, sin más pre­tensión que buscar el chasca­rrillo, salpicó los diálogos con voces valencianas, aragonesas y gallegas? Así, al peluquero tabernario se le califica de “peneque”, aragonesismo que significaba borracho, y estaba bien aplicado, pues pide “una botella de garnacha” (el vino valenciano “garnacha” equivalía al catalán “granat­xa”), que es acompañada por “seis copas de mistela” (p. 6). Tanto el adjetivo “peneque” como los sustantivos “garna­cha” y “mistela”, como vino y licor, hacían en estas hojas impresas en Valencia y con tal grafía una de sus escasas apariciones documentadas ante­riores a 1816 (en Cervantes vemos “guarnacha”, Eiximenis da “vernaxa”, etc.).
En el sainete, una moza exclama: “Si no puedes con más vino ¿a qué será la fachen­da de que traigan tanto?” (p. 6). La introducción de italia­nismos como “fachenda”, chu­lería o jactancia, era usual en las románicas peninsulares, in­cluida la valenciana. La literatura costumbrista incorporaba vocablos y matices morfológi­cos excluidos de los fosilizados escritos litúrgicos y legislati­vos, pero que estaban arraiga­dos en el idioma vivo (p. ej. : los italianizantes valencianos “sinyor, sinyora”, hoy prohibi­dos por los cacos culturales). En el texto, un tal Fermín usa el diminutivo valencianizado “charleta” (p. 3), y la criada castellana Pretona emplea el inusual verbo “petar” (p. 2), que equivalía a “llamar” en gallego y leonés. Como vemos, las interrelaciones enriquecían los idiomas peninsulares, aun­que los homógrafos en valen­ciano, castellano y catalán podían ser semánticamente distintos y crear equívocos. Así, admitido “petar” o llamar en el DRAE, podríamos hablar en español de la petada o lla­mada a Zaplana desde Madrid; pero también podría, en cata­lán, hablarse de la petada de Cegas al mismo político; es decir, la “petada” o besada que le darían los gaseadores nacio­nalistas por haber dejado el Reino de Valencia despersonalizado y en manos del catala­nismo histérico. En idioma valenciano también podríamos relacionar “petá” y Zaplana, con significado distinto al de llamar o besar. Ustedes ya me entienden.
Los del gas argelino-catalán aplican la solución final al idio­ma valenciano, y cuantos más metros cúbicos nos gaseen, mejor ayudarán a la catalani­zación.
¿Qué podemos hacer contra ese contestador del Cegas que sólo admite el catalán y el cas­tellano en el Reino de Valen­cia? Nada, pues nuestra Gene­ralitat fomenta estas vejacio­nes. Podríamos, quizá, recor­dar a los magnates gaseadores que lean aquellos manuales para asilvestrados ágrafos que escribió Miranda Podadera, tan recordado por Umbral, Amando de Miguel y demás jerarcas de pluma y lengua. El citado filólogo enseñaba en sus tratados que, en España, aparte del castellano y el catalán, también existía el idioma valenciano (Miranda, Luis: Análisis gramatical. Madrid, 1984. p. 10).
Sospecho que los del gas lan­zarán su ídem sobre Miranda Podadera, pero nosotros pode­mos aportar más documenta­ción contra su intolerancia. En este caso, pese a la consigna propagada por los colaboracio­nistas de que, en la Cancillería Real, sólo se reconocía el cata­lán (esta semana lo están en­señando a los alumnos valencianos), recordaremos estas líneas de una autoridad ecle­siástica dirigidas al soberano de la Corona de Aragón: “los que son escribanos del conçejo son los mayores alfaquíes y lle­van en sus libros en arábigo las cartas de matrimonio, ventas y conciertos a la morisca y los nombres de moros, y les mande V.M que viertan los li­bros en escriptura castellana o valenciana” (Bib. Nac. Memor­ial del Ilmo. Feliciano de Fi­gueroa, obispo de Segorbe, a S. M. Felipe III, año 1604).
Los Austrias respetaban los idiomas de sus reinos, siendo impensable la actual opresión institucional que intenta de­gradarnos a sureños de Ca­taluña o levantinos de Castilla. En contraste con los impertinentes gaseadores catalanes, el Emperador respetaba la len­gua valenciana y su denomina­ción. Lean, si no se han dormi­do ya, asta documentación con­servada en Simancas: “Resolvió su M. (Felipe II) que los nuevos convertidos sean ense­ñados en lengua castellana y valenciana” (Archivo General de Simancas, Estado, 212, 17 de mayo de 1595). Hoy no tenemos ni arzobispos, ni reyes, ni diputados, ni alcaldesas, ni academias que levanten la voz en defensa de la lengua admi­rada en aquel denostado Imperio. Hoy, nuestros repre­sentantes elevan el tono para pedir más catalanización y sueldo.
Y es que, a la petada de Az­nar, voló el bello Zaplana al Edén del Manzanares; aquí dejó una galería de políticos ra­ros -como salidos de un sueño del Bosco o un film de Buñuel­, que han logrado que Valencia sea la ciudad más degradada (barrios del Pilar y Carmen) y más insegura de España (¡ni que tuviéramos a Freddy y Godzila de Conseller de Bie­nestar Social y en el Ayun­tamiento de Valencia!). Prosi­gue el encaje de engaño y catalanización. He sintonizado el canal de Alicante y hay nove­dades: la publicidad de la Géneralitat del Bosco paga un infame anuncio en catalán, “Estimo la naturalesa”, a car­go de un patético cómico. Igual que los gaseadores, odian em­plear el idioma valenciano que nos diría “Vullc la naturalea”. Todo sigue igual. Estos días, mientras el cine viene a Ali­cante y se hunde Valencia, han violado de catalán a los inde­fensos alumnos de Selectivi­dad, y el contestador del gas si­gue promoviendo el catalán y castellano. ¡Ah, cuidado!, la reacción del pueblo ofendido puede ser temible: gritarán más en el Mestalla, encende­rán tracas más estruendosas, torturarán más toros por calles y plazas, engullirán enormes paellas y se tiraran pedos a porrillo. Mientras, aterroriza­dos, los personajes del Bosco y los filólogos gaseadores brinda­rán con cava catalana.

Diario de Valencia 22 de Septiembre de 2002

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