Las joyas de la Roser

Por Ricardo García Moya

El saínete "Las joyas de la Roser" (Barcelona, 1872) desapa­reció del depósito de fondo anti­guo de la Universidad de Ali­cante a primeros de julio, siendo yo el último en consultarlo ¡Va­ya dramón! En septiembre, las miradas eran puñales hasta que, divertida, una encargada excla­mó: "¿Las Joyas de la Roser es el libro que falta? ¡Pero si está en su sitio!". Según parece, allí permaneció invisible durante dos meses, ¿o no? En realidad, en la Universitat d'Alacant todo va bien y en proceso de catalanización, sin sobresaltos. El ve­neno es administrado a dosis mínimas, pero constantes. Un alumno lee el Avui, panfleto del fascismo expansionista catalán que se recibe diariamente; otro, atraído por el diseño, coge im­presos que la Universidad edita en catalán: "nosaltres, malbé, avui, Servei de Préstec, altra, vegada...". Aparte de arcaísmos que a capricho impone el IEC, se introduce basura como el ad­verbio "malbé", idiotismo naci­do de la fusión del "sustantivo bien y el adjetivo mal" (DECLLC). Tras usarlo Verdaguer en la Atlántida (a. 1877), la borregada plumífera consideró imprescindible el engendro. En el Reino de Valencia, según reco­noce Corominas, el monstruo no penetró. En 2004, en la Univer­sitat catalana d'Alacant, sí. Por cierto, el título "Las joyas de la Roser" es catalán; sería en la edición de 1933 cuando se titu­larían "Les joies de la Rosser" en el bricolage de Pompeu Fabra.
En el XIX se editaron más obras en idioma valenciano que en cualquier otro siglo, y no im­porta que fueran mayoritariamente sainetes. El género -sea novela, ensayo o vodevil- no es­tablece jerarquización de una lengua respecto a otra (la vasca, por ejemplo, apenas ofrece más impresos del XIX que no sea literatura de cordel). Algunas comedias valencianas fueron vertidas al castellano, y no sólo las geniales de Escalante o Bernat y Baldoví. El mediocre "Fora-Baix" fue traducido por Ma­nuel Moncayo con el título "El arrojado" (Madrid, 1908), estre­nándose en el madrileño teatro Polistilo el 5 de julio de 1908. En Cataluña también nos traducían a la lengua de Cervantes; así, el místico "Espill de ben viure" (Valencia, 1559), escrito por Jaume Montanyés en su "ma­terno valentino", se reeditaba en castellano como "Espejo de buen vivir" (Barcelona, 1594). Pero los catalanes cultos mantenían la tradición de leer litera­tura valenciana y, en el XIX, gozaron del teatro en lengua va­lenciana. En salas de Tarrago­na, Lérida y Barcelona, los acto­res representaban saínetes como "Cambiar d'estat, choguet valenciá" (Barcelona, 1901) y se reeditaban en Cataluña sin alte­rar una "ch", una construcción sintáctica con "lo" neutro o el "li" del complemento indirecto. Por el contrario, en el Reino no subía a los escenarios ni se edi­taba una obra catalana sin la correspondiente traducción, fuera el "Senserro de Monea" (Valencia, 1870), traducido del catalán; o "Las joyas de la Roser" (Barcelona, 1872), de Serafí Pitarra, transformada en "Les Choyes de Roseta" (Valencia, 1874) por Leandro Torromé.
Torromé no solamente tradu­ce un idioma a otro, sino que adapta el argumento, modifica la toponimia y acomoda la mor­fología onomástica. El texto de Pitarra se inicia recordando la batalla del Bruch, donde el fran­cés huyó ante los desafinados tamborileros de Igualada. En la versión valenciana, Torróme sitúa el protagonista entre los "cent homens de Castelló" que defendieron Zaragoza de las tro­pas napoleónicas. No está mal recordar, ya que nadie lo hace, al ejército del Reino de Valencia con miles de infantes (de Oriola, Elig, Muchamel…) que luchó en la ciudad del Ebro. Al fascismo expansionista catalán le revienta recordar episodios que nos unen al resto de España (aun­que los muy hijos de puta podrí­an dejar de llamarnos Levante y levantinos). Volviendo al rollo, es evidente que las neolatinas hispánicas seguían trayectorias divergentes, incorporando neo­logismos y, al mismo tiempo, influenciándose entre sí. La traducción era necesaria entre catalán y valenciano en el XIX, pues, aunque el que "entiende la valenciana casi entiende la cata­lana", como decía Juan de Valdés en 1535, el humilde adverbio "casi", tan insignificante en apariencia, establece matices entre fantasía y realidad: "Esta semana casi acierto la quiniela"; "He oído a Fraga y casi entiendo lo que dice en gallego". Bueno, aquí exagero, ya que ni en espa­ñol se le entiende casi al esfor­zado anciano.
Para ejemplificar lo expuesto escogeremos a unas gladiadoras de la unitat de la llengua: ¿Car­men Albors, la Morenilla, Rita Barbera, la hermanita del Cipri­ano, la gran Gloria Marcos…? En fin, jamonas, no se me pon­gan celosas; pero la tigretona Consuelín Ciscar y la coman­dante lingüística Marcos pueden servir para este ficticio diálogo. En cuchitril proletario de cuatro baños y seis habitaciones, -posters del Che y Ronaldinho-, la camarada Marcos habla en poé­tico catalán del Pitarra a Consuelín Ciscar: "Dons, abrinada noia, jo moro i pateixo avui per dos pollas vellards de vuit metres, ¿anorrearán casa meva?". A lo que, elegantemente, tigre­tona Consuelín reglotaría ¡per­dón!, quería decir replicaría: "Minyona, no sias grinyolaira; jo pensó que hi ha que veure que s´hagi atansát llurs arrels sota maó de cantell; com a platxeria, jo prefereixo grataculs a pollas amb tanta grandesa". Resu­miendo, esta insustancial con­versación en el catalán malso­nante que denunciaba Carlos Ros en 1734, trata sobre dos ár­boles viejos que amenazan la casita de Gloria. Se entiende ca­si todo; pero el "jo moro" haría pensar en el cambio de sexo y religión de Doña Gloria, ¡glup!. Sería mejor traducirlo por el "yo muic" o "yo morc' del idio­ma valenciano, que suena mejor. Tampoco es eufónico lo de "po­llas de vuit metros" que, aunque huele a verso de Estellés, l´exquisit Poeta de la Merda, no nos mola. Es más agradable su tra­ducción valenciana: "chops de huit metro" ¿Cómo? ¿Qué dice, mi comandante Gloria? No, no lo crea, el sustantivo "chop" no es blavero y fascista. No lo in­ventó Franco, se lo juro por la momia de Lenín. Se trata de una joya léxica presente en literatos clásicos: "com canya vana, / popul, chop..." (Roig: Espill, 1460); lexicógrafos barrocos: "chop: el chopo" (Ros, Carlos: Tratat, 1736, p, 111), y gramáticos mo­dernos: "chop: chopo" (Fullana: Voc. 1921).
En fin, Glorieta y Consuelín, os veo extras de un onírico filme de Fellini, vestidas de cocinera idiomática y tigretona pop-art, respectivamente, acompañando al Pitarra y al Verdaguer por bosques del parnasiano Canigó. Allí, lanzando "petons a pagesos i artigaires", el homérico Pi­tarra se sacaría la pluma para engendrar delicados versos a las "duas collas / d'aquets (sic) serradors de pollas". (Pitarra: Las joyas de la Roser, 1872, p. 11).

Diario de Valencia 17 de octubre de 2004

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