Palmito, abanico y ventall

Por Ricardo García Moya

Un colega catalanero, al leer la voz “palmito” en un artículo, me acusaba de cas­tellanista por no usar “ven­tall” que, según decía, era la que “cal en la nostra llen­gua”. Se refería, claro, a la que él enseña; la catalana del IEC y de la Academia de As­censión. En tal caso tenía ra­zón, pero yo aludía al idioma valenciano. Es evidente que cuando el notario valenciano Exulve, hace 359 años, anotaba: “Palmiter: mestre de fer palmitos” (Exulve: Praeclarae artis, Valencia 1643), estaba recogiendo una realidad léxica del idioma valen­ciano, y Exulve no cobraba un real (ni 9 millones) por catalanizar o castellanizar compatriotas. La inmersión afirma que “ventall” es pal­abra exclusiva de “la nostra llengua” (léase del IEC), ocultando que pertenece a los derivados del latino “ven­tus”, étimo que enriqueció los romances ibéricos con vo­ces como ventisca, ventall, ventalla, ventar, ventana, ventador, ventosa, ventila­dor, etc. En castellano exis­tía “ventall(e)" con el signifi­cado de abanico, acepción que se mantiene en el siglo XVI y en los populares versos de San Juan de la Cruz “el ventalle de cedros aire daba” (En una noche oscura, v. 30). El espiritual fraile no halla mejor sustantivo, que “venta­ll(e)” para formar la imagen mística del metafórico aba­nico de cedros, tamiz de brisa que sosiega el alma.
­A fines del XVI, las voces “ventall, ventalle” son susti­tuidas progresivamente por palmito, en idioma valencia­no; y abanico, en castellano. El desplazamiento de “ven­tall(e)” a la condición de arcaísmo se debería a su conno­tación inelegante, ya que a partir del 1600 se asocia a objeto tosco para espantar y matar moscas. El lexicógrafo Covarrubias, en 1611, expli­ca: “Ventalle, el amoscador, porque ultra de echar las moscas, causa con el movi­miento un aire fresco” (Teso­ro de la lengua castellana, 1611). El rústico y compacto “ventall(e)” de esparto, ahu­yentador y aplastador de moscas que también servía para dar aire al fogón casero, poco tenía que ver con los plegables “palmitos” valen­cianos del Barroco, elevados a categoría de joyas por los “palmiters” del Reino, es decir, aquellos “mestres de fer palmitos” que recoge Exulve en 1643. La creación temprana de la voz “palmiter” para nombrar a estos artesanos, así como el uso de “ventalle” en castellano, es silenciado en los textos de los comisarios que establecen le­yes represoras. léxicas y mor­fológicas. Es elocuente la existencia de “palmiter” en el 1609, y no lo es menos que “ventaller” se documente en el catalán coetáneo, pero no en el idioma valenciano ante­rior a la prostitución idiomá­tica.
Las lenguas romances die­ron voz a estas sofisticadas estructuras plegables que po­dían ser de eboraria o marfil tallado, con maderas exóticas, pedrería y pinturas inspiradas en la galante iconología rococó de Fragonard o Watteau; por el contrario, la decoración del ‘“ventall(e)” solía reducirse a los puntitos verdes o fragmentos de moscardas incrustados en el esparto. Hacia el 1650, las damas valencianas usaban el bello “palmito”; las castellanas, el abanico; las catalanas el “ventall”; estableciéndose en los idiomas valenciano y castellano una demarcación semántica respecto al simple y rígido “ventall(e) amoscador” o “aventadors de mosques”. Todavía hoy hallamos en el DRAE la vetusta e inusual “ventalle” y la moderna “ventalla”, válvula de máquina que regula entradas de fluido. Los que viven del catalanismo enlodan datos y conceptos, pero recordemos que “palmito y palmiter” son tan válidas como la voz valenciana “palmota” especie de toga (Esteve,1472), sin olvidar que “palmera”, según los etimólogos, es vocablo de creación valenciana. Hay que advertir ¡ojo! que no es cierto que aparezca “palmera” en la prosa de Muntaner, como se lee en el DCVB; es una de las bolas inventadas por Sanchis Guarner y compañía para aumentar la antigüedad de los vocablos y atribuirlos a autores catalanes, no valencianos.
Estos retorcidos filólogos callan lo que beneficia a la lengua valenciana, y lanzan alaridos orgásmicos ante cualquier chorrada léxica de la lengua norteña. En el caso del valenciano “palmito” es significativo que aparezca en el 1600, cuando también nace abanico, voz castellana que generaría la catalana “vano”. No hay duda que todos que­rían crear un sustantivo para diferenciar el asqueroso “ventall(e)” del nuevo y ele­gante palmito, abanico o vano, que hacía furor entre la nobleza y burguesía europea. Como era de esperar en este politizado puticlub filológico, el catalán “vano” (abanico) les avergüenza y está siendo relegado en los textos del principado sin príncipe, aun­que todavía figure en el DIEC.
Los comisarios prohíben a nuestros hijos escribir o pro­nunciar “palmito”, pero uste­des deben saber que es voz valenciana correcta, aunque Ascensión la declare ilegal. Tenemos toda una familia léxica exclusiva de nuestro idioma, sea el citado sustan­tivo “palmiter” (Exulve: Praeclarae 1643); o el nom­bre del establecimiento don­de se vendía el objeto: “pal­miteria: botiga ahon venen palmitos” (DCVB); figurando estos artesanos en la litera­tura barroca valenciana: “que no fan los palmiters” (Je­sús, Fray Ioseph: Cielos de fiesta. Valencia, 1692), o en los coloquios de Carlos Ros en el XVIII: “les dones perden palmitos” (Ros; Coloqui de les dances, h. 1734). A caballo entre los siglos XVIII y XIX, el arcaizante Sanelo no duda en incorporarlo a su diccionario: “palmito: abani­co” (Sanelo: Dicc. 1805). Los patrimoniales diminutivos que Ascensión y sus sabios desprecian, enriquecieron la semántica del sustantivo con matices afectivos como “pal­mitet” (DCVB); opuesto al aumentativo “palmitot: aba­nico muy grande” (Escrig, 1887).
En el XIX, la industria abaniquera del Reino ofrecía trabajo a muchos valencianos, por lo que es frecuente la aparición de “palmiters” en el teatro costumbrista. En un sainete de 1874, el protagonis­ta habla de su profesión: “tota la vida fent flors als palmitos” (Colom, J.: Cuatre comics, 1874) Los diálogos manifiestan qué idioma es el usado: “no eu diu en valenciá” (p. 14), criticándose el uso del caste­llano: “y tots mosatros tam­bé... per parlar en castellá” (p. 16). Resumiendo: tenemos las voces valencianas “palmi­to, palmiter, palmiteria, pal­mitet, palmitot...”, documen­tadas en textos literarios y gramaticales; pero los catalaneros fomentan el complejo de inferioridad entre nosotros al criticar su uso, ofreciéndo­nos como acceso a un nivel culto y “progresista” (adjetivo inherente al parasitismo catalanero) la utilización de los catalanes “ventall, ventaller, ventalleria...”. Y ya saben: si quieren que la Generalidad les conceda un premio literario, usen la lengua del Institut d’Estudis Catalans y de As­censión.

Diario de Valencia 14 de Abril de 2002

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