HISTORIAS DE LA “NORMALITZACIÓ” (2)

Por Ricardo García Moya

Hacia 1860, en el romanticismo violetero del Principado sin príncipe bullía la inquietud filológica en tertulias vespertinas. Entre sombreros de copa y vapores de absenta, unos señores con perilla de Landrú soñaban con la Gran Cataluña y un idioma vehicular y literario equiparable al español; pero la realidad era amarga. Hasta el tabaco que fumaban pregonaba que la lengua cervantina se oía desde el Caribe a las Marianas.

El seguimiento de polisones no paliaba el desasosiego: Era insoportable que el erudito Hartzenbusch- traductor de Schiller y dramaturgo triunfante con “Los amantes de Teruel”- prologara la reedición de “Orígenes de la lengua española”, donde el valenciano Mayans y Siscar repetía aquello que todos los filólogos y universidades del mundo sabían: “el catalán es un dialecto de la lengua lemosina” (Mayans, Orígenes. Madrid 1873, p.343).

Además, Mayans puntualizaba que “la lengua valenciana es más suave y agraciada que la catalana”. En el cafetín literario de las Ramblas, carraspeos y toses del coro de tísicos mostraban enojo por la insistencia de los filólogos en dar más importancia al idioma vecino. Deseaban un estratega que conquistara lo que Cataluña jamás tuvo: el Siglo de Oro valenciano, con novelistas y poetas que superaron el primitivismo del romance jaimino y la dependencia del provenzal o “lemosino”. Pero, previamente ¿cómo eliminarían la clásica denominación de “lengua valenciana”?.

El truco lo inventó Manuel Milá i Fontanals en 1861, el mismo año en que se incendiaba misteriosamente el Liceo de Barcelona y, al siguiente, volvían a inaugurarlo mucho más lujoso. Milá pensó que la mejor estrategia consistiría en llamar “dialecto occidental catalán” al idioma valenciano y a su extensa zona de influencia; de este modo, los valencianos tendrían que aceptar las normas de Barcelona.

Gracias a su ingenio, el futuro de la Gran Cataluña (eufemísticamente, Paisos Catalans) estaba surgiendo. No sólo Francia, Inglaterra e Italia extenderían sus lenguas por Conchinchina, la India y Eritrea, respectivamente; los catalanes, a partir de 1861, podrían gobernar culturalmente en el Reino de Valencia (o, mejor aún, le quitarían el título de Reino e impondrían el de país, como si se tratara de una colonia sin historia).

Todo iba a cambiar. Hasta entonces, los Fontanals, Pitarra y Vallmitjana sufrían lo indecible cada vez que entraban en la horchatería de las Ramblas. Bajo luz de gas, el traje regional de las horchateras, así como su exquisita educación y limpieza, les creaba la sensación de hallarse en la embajada de una nación superior; pero, desde que Milá y Fontanals había rebajado a dialecto catalán la lengua que hablaban aquellas bizarras mozas, era distinto; los valencianos se habían convertido en “valencianets”; pueblo dócil, culturalmente atrasado y sin normalizar, que habría que apacentar hasta que aprendieran la lengua culta y barcelonesa de los Pitarra y Milá.

Había nacido la “clasificación rigurosamente científica del catalán” que ahora en 1996, enseñan a los valencianos como dogma de fe. Las maquinaciones de Milá pudieron más que las opiniones de Joanot Martorell o Cervantes. El romántico ideólogo, en un santiamén -mientras los bacilos de Koch danzaban una polca en los alvéolos de la cupletista- había ampliado Cataluña hasta la huerta de Orihuela.

Como tenía difícil rebajar el español a dialecto catalán, lo prohibió en los Juegos Florales de Barcelona. Era un ideólogo bucanero como su amigo Bofarull, aquel que arrambló para Barcelona los fondos valencianos del Consejo de Aragón, ciscándose en la orden real que obligaba a su custodia en Simancas o Valencia. Milá sabía que los catalanes, anteponiendo lo de “rigurosamente científico”, podían merendarse lo que les apeteciera de la antigua Corona de Aragón; incluso ¿por qué no llamar al territorio Corona Catalano-aragonesa?

Milá i Fontanalsera capaz de todo para saciar su chauvinismo expansionista. Según las investigaciones de Jaume Rivera (catalán y filólogo, libre de blaverismo) Milá i Fontanals falsificó el “Curial e Güelfa”, obra que hizo pasar como medieval para llenar el vacío existente en el mundo literario del ficticio Principado. Con esta obra, vulgar e inspirada en el Lancelot, quería competir con el Tirant lo Blanch valenciano.

Milá manejaba literatura medieval como quien lee LAS PROVINCIAS, y podía redactar con modismos y ortografía del XV. Pero al estudiar la gran crónica catalana o “Libre de feyts d´armes de Catalunya” -que apestaba a anacronismo de escayola y cartón- no denunció que era otra falsificación hecha a fines del XVII, pero fechada en 1420.

Milá y Fontanalscontaba con la burguesía académica, admiradora del pícaro romántico que fulminaba la lengua valenciana, rebajándola a “dialecto occidental catalán”. Además, Milá negaba que el catalán fuera una rama del lemosín o provenzal; nadie en Francia -embarcados en la aventura colonial- le iba a protestar. Aquella Oda a la Patria compuesta por Aribau en 1834, donde se alababa al llemosí como lengua madre, ya no quitaría el sueño al Principado sin príncipe.

Resumiendo: todo es “científico” en la normalización, hasta que descubrimos que los ideólogos falsificaban manuscritos, modificaban títulos e inventaban otros que favorecían el proyecto que ahora se promociona en los centros de enseñanza valencianos: la Gran Cataluña. Y ya saben, quien se oponga a sus propósitos, “bon cop de falç”, metafórico ahora; en un futuro cercano, ni se sabe.

Las Provincias 23 de Junio de 1996

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