LIZONDO Y SU “BONA GENT”

Por Ricardo García Moya

Estaba a 800 kilómetros del Reino de  Valencia cuando recibí la notícia.  Hoy, a pesar del tiempo transcurrido, no puedo quitarme de la mente su imagen, su optimismo y la generosidad que derrochaba en situaciones que destrozarían a cualquier otra persona.

Agotaba su resistencia, y los profesionales del catalanismo -conscientes de ello- le atacaron sistemáticamente buscando su destrucción. Recuerdo el dia que, en la fábrica, una bala perforó el cristal de la ventana de su despacho, pero él no le dio la menor importancia. Le acompañé toda la mañana y pude constatar su desbordante actividad; de regreso a la fábrica, hacia las cuatro de la tarde, observé que las fuerzas le abandonaban. Quince minutos de descanso transformaban al agotado enfermo en el empresario modelo y en el político honesto que conectaba sin esfuerzo con el pueblo valenciano.

Su desaparición deja un panorama inquietante en la batalla entre los que queremos una convivencia pacífica con los restantes pueblos de España, y los que nos están degradando a mísera colonia catalana. No tengo humor, ni siquiera desprecio hacia los que, aun después de muerto, se burlan de Vicente. Pero le traicionaríamos si tiráramos la toalla, y no lo haremos.

Lizondo se dirigía a nosotros con el clásico "Bona gent", en homenaje e imitación de San Vicente  Ferrer.  Casualmente, cuando recibí la noticia leía un ensayo de Pedro Cátedra García sobre "San Vicente Ferrer en Castilla", en el que afirman que los sermones fueron pronunciados en  castellano y "catalán" (p. 28). Ellos se lo guisan y se lo comen, la junta de Castilla y León editó el libro en 1994, y el Institut d'Estudis Catalans -generoso con simpatizantes- se apresuró en otorgarle el premio de ensayo.

Nuestros antepasados paraban los pies a los ambiciosos. Con igual claridad que decía las ver- dades  Lizondo,  el  historiador Diago publicó en Barcelona en 1599 una obra recordando que: "San Vicente predicaba en tierras donde tienen un lenguaje bien ajeno y diferente del valenciano: Aragón, Cataluña, CastiIla, Galizia, Génova, Lombardía, Inglaterra, Escocia, Irlanda, Bretaña" (Diago, F.: Hist. de la Prov. de Aragón.  Barcelona  1599,  p. 174).

Y destacaba: "A cada cual le parecía que había predicado en su propio lenguaje. EI griego decía que predicaba en griego; el italiano afirmaba que no, sino en italiano; el francés porfiaba que no, sino en francés" (p.173). EI autor de estas aclaraciones en la Barcelona de 1599 era nada menos que el cronista general de la Corona  de  Aragón.  Ahora,  en 1997, Cataluña se ha apropiado de Sant Vicent y presume del mejor predicador medieval. Está claro que necesitábamos a  un político como Lizondo, capaz de enfrentarse a estos expoliadores del Reino.

EI autor de "San Vicente Ferrer en Castilla" bebe en fuentes contaminadas  por  Perarnau  y Martí de Riquer; de ahí que se refiera a los "sermones catalanes de los manuscritos de la Seu de Valencia" (p. 28) ¿Comprenden por qué fue premiado por el Institut d'Estudis Catalans? No obstante, reproduce una carta de las autoridades de Orihuela dando las gracias por la visita de San Vicente,  en  la  que  apreciamos cómo el valenciano de 1411 se íba diferenciando del provenzal y catalán: "les iglesies eren grans, e ara son chiques";  "ací, estes coses"; "e lo dimenche en les iglesies";  "choc de daus ni  de naips" (p. 18).

Es obvio que Sant Vicent tenía facilidad para los idiomas; aparte de que las intervenciones del santo en Salamanca, Toledo y Tordesillas ofrecen una serie de coincidencias comunes a los romances peninsulares en 1411: "bona gent tornada, primeramet, vos predique, omnes, ferida, taIlada, vegada, grand actoridat".

No tengo ganas de polemizar. La ausencia de Vicente entristece nuestra vida y, lo que es peor, su valía tardará mucho tiempo en ser reconocida.  Vivió y murió por su Reino de Valencia, por todo él, y en los largos debates que agotaron su débil corazón estuvo presente la creación de la Universidad de Elig. ¿Sería mucho  pedir  que  se  Ilamara Universidad  González  Lizondo de Elig? Aunque dudo que lo admitan los que pierden la cabeza en dar nombres de catalaneros a entidades públicas.

Termino con la añoranza del político que murió por la "Bona gent del  Reyne de Valencia". Allí, en la eternidad, puede que encuentre lo que aquí se le negó; allí encontrará  comprensión  del valiente Vinatea; del irascible, en  cuestión de valencianía, mossén Porcar; del artiacá de Murvedre Batiste Ballester; del defensor de la Real Señera que encontró la muerte en 1521 en las Germanías, luchando contra catalanes y castellanos. Vicente González Lizondo ha entrado, con su humildad, en el círculo de los grandes personajes del Reino. Y no estás solo, Vicente, estás en el corazón de todos nosotros.

Las Provincias 14 de Enero de 1997

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