Marisol González y las criadas

Ricardo García Moya

En un diario colaboracionis­ta aparece con aspecto de sim­pática bolichera dominguera -con relojito, collar, pulserita y manga corta para ventilar adi­posidades-, dando la impre­sión de que en cualquier mo­mento gritará “¡Sinyoretes, tinc el IIobarro mes fresc del mercat! ¿Voleu clóchines, pala­yes, tellines, sepionets, abae­chats, carrancs? No, Marisol González de la AVL no ofrece pescado; sino que piensa dar caña a los valencianos “igno­rantes, sin autoridad moral ni científica”, que se opongan a las normas catalanas; aunque recomienda “prudencia en es­te momento delicado”. Cuan­do pasen las elecciones, su AVL sacará los textos de des­trucción masiva y leyes, mu­chas leyes para amedrentar al insurgente blavero. Nacida en Nulas, Marisol González ha sido escogida para la secreta­ría de la AVL por su enfermi­za defensa del idioma catalán. Canonizada por el diario Avui y editada por Eliseu Climent y el Moll, esta poetisa en lengua catalana declara: “Tengo una lengua, que es mía y de todos, y que quiero desde que nací”. De acuerdo, Marisol, eres nor­mal y nadie duda de que tienes buena lengua para hablar y buen trasero para sentarte y otros usos. Lo que no tienes, pese a tu condición de acadé­mica, es claridad expresiva; pues la lengua que tanto amas no la adjetivas: ¿es la de tu boquita, la valenciana o la catalana?

En 1816, la imprenta vecina del Forn de Salicofres pu­blicaba “El almacén de criadas”; sainete sobre las mujeres que, huyendo de la mise­ria, trataban de sobrevivir sir­viendo a la burguesía. Para la insensibilidad social de aque­lla época -entre la Revolución, francesa y el retorno del des­preciable Fernando VII-, las sirvientas eran un producto con derecho a devolución. En los diálogos, Don Lorenzo comenta que va “a buscar criada por todos los hospicia­nos, que estamos sin ella” (p.2). Y Roque le aconseja: “Si pretendes acertarlo, al alma­cén de criadas puedes ir; en el Barquillo hay de quantos (sic) géneros de criadas busquen”. En 1816 había tal abundancia de criadas en paro como filólo­gos dispuestos a ser académi­cos catalaneros en 2003, pero ellas cobraban menos: “¿Y qué se paga por sacarlas? Lo ordi­nario son dos reales, y la vuel­ve si no está contento”. La oferta era amplia: “Allí hay payas, hay gallegas, majas de golpe y porrazo, viudas, extranjeras, beatas y, en fin, hay en este estanco con el nombre de criadas el más per­verso ganado” (p.3). La acción del sainete quizá suceda en Madrid, antaño tierra de pro­misión de sirvientas gallegas, andaluzas y vascas; pero no valencianas. El dramaturgo refleja burlescamente el habla gallega: “¡Gallegas, traed el desayuno! Meu señor, ya lu llevamus” (p.3).

La orgullosa valenciana, tan acertadamente descrita por Gómez de la Serna, no servía a castellanos ni catala­nes; pero los tiempos cambian y hay quien sirve al Institut d’Estudis Catalans y su mas­cota. El trabajo no es para enorgullecerse, al consistir en ir introduciendo en el idioma valenciano el léxico y mor­fosintaxis impuesto por el expansionismo catalán desde 1860. Por ejemplo, las muy excelsas y premiadas poesías de Marisol están salpicadas de cagallones léxicos como “ma­lucs”, sustantivo inexistente en idioma valenciano; aunque los falsos diccionarios valen­cianos de Inmersiomán lo incorporen para corromper a los menores. La taranconiana Marisol sabe y entiende per­fectamente (¡menuda expre­sión de lince tiene la señora!), que “malucs” no es de esa len­gua valenciana que escuchó en Nules cuando era un tapón, ni tampoco de ningún escritor valenciano anterior a la com­praventa de lletramorts valen­cians en la Barcelona del 1900; pero gusta al IEC y su masco­ta AVL, al Avui, al Moll y a Eliseu Climent.

La jovial Marisol está feliz; los premios, halagos y pelas le llueven; la AVL se inclina ante su catalanismo y, además, reci­birá millones de nuestros impuestos para poder catala­nizar como le salga del moño. Esta individua es una apisona­dora que tritura las características diferenciales del idioma valenciano. En sus anacrónicas poesías de melancolía amo­rosa -tipo La venganza de Don Mendo, pero en serio-, elige la morfología del caste­llano arcaico y catalán actual: “bellesa, saviesa, tendresa, tristesa”, despreciando la va­lenciana de “bellea, saviea, tendrea, tristea”; y hace el ridículo al usar sustantivos co­mo “porus”. Dime, Marisol del Parnaso y del Parné: ¿ignoras que la primera vez que apare­ce esa voz fue en texto del valenciano Arnau de Vilanova, hacia el 1305, y no fue el latín “porus”, sino el plural valen­ciano “poros”?. Luego pasaría al castellano y catalán, docu­mentándose “poro” y “porosi­tat” en el XV y XVI; p.e.: “te­nen molts poros” (Pou: The­saurus, 1575). Jamás se perdió la voz y su morfología clásica: “poro, poros, porositat” (Es­crig, 1887); “poro, porós, poro­sitat” (Dicc. RACV, 1997). También es cierto, musa rube­niana de la tercera edad, que si usaras el idioma valenciano no te alabaría el Avui, ni te editaría el tío Climent y, por supuesto, no te llamarían de la academia catalana de San Zaplana y Ascensión.

Como debes saber, ese catalán “gespa” que salpica tus ripios se documenta posterior­mente al valenciano “cespet” (Escrig: Dicc.1871); pero tú eres fiel a Cataluña y prefieres el sustantivo catalán; igual que haces con “copsar”, pala­bra que provocaría risitas en Nulas o Muchamel por su exo­tismo y coentor; pero tú la quieres, ya que fue introduci­da por el catalán Verdaguer hacia 1870. Renegando de Joanot Martorell, Jaume Roig, Timoneda, Lluis Galiana o Escalante, abandonas el cul­tismo valenciano “colp” y aco­ges la corrupción moderna catalana “cop”, pues así os lo manda Cataluña. Las normali­zadoras como tú, gentil Ma­risol, sois terribles inquisido­ras contra cualquier neologis­mo valenciano surgido en la prosa o verso de los saineteros del XIX, pero tenéis orgasmo filológico múltiple ante cual­quier piltrafa léxica catalana de la misma época. Si alguien normal de Nules (no normalit­zat por Inmersiomán) lee tus poesías, aparte del mal gusto, se volverá loco con voces como “dèria”, vocablo que jamás perteneció al valenciano, pues aparece en un sainete barcelo­nés del malasombra Pitarra en 1864.

Del latín “crepusculum”, las lenguas cultas peninsulares crearon voces como el crepús­culo castellano y el “crepus­cul” valenciano; pero, hacia 1910, los expansionistas cata­lanes -con más traumas sexuales que el bastón de Antonio Gala- decidieron eli­minar la terminación “cul”, inventando el monstruito “crepuscle” que les parecería más decente. Nuestra poetisa Marisol también huye del pecador “cul” morfológico, escogiendo el catalán “crepus­cle” en sus versos de cartón piedra y purpurina. Con el refuerzo de Marisol en la AVL, cuatro años de calvario catela­nero nos esperan. Después del 25 M, los que Marisol llama “profesionales de la lengua” catalana, nos darán ración doble de porus, malucs, cop­sar, etc. El Reino se ha conver­tido en un miserable almacén de criadas, donde el señorito IEC escoge la que mejor le sirve.

Diario de Valencia 11 de mayo de 2003

INDICE

http://rgm.idiomavalencia.com