Toneladas y toneladas de flexió verbal

                                                  Por Ricardo García Moya

Llegó la fecha de cobro y, Ąticlín, ticlin!, suena la calderilla en la mente de los futuribles premiados. Antes de la ceremonia, los "herois" inmersores se mirarán al espejo, arquearán cejas y reflexionarán sobre qué corbata o bolso reflejará más sus profundas inquietudes sociales; o qué frase escogerán para que su sabiduría y progresismo resplandezca sobre el olimpo de cuatribarradas, desenvolupaments y "petits petons".

EI poder agita monedas, y el enjambre revolotea como aquellos barceloneses del XVII que -defensores de la catalanidad poco antes- no dudaban en participar en certámenes donde tenían que manifestar "en Idioma Castellano, y de forma agudamente expresiva, el sumo gozo por haber vuelto al dominio" del rey de España. EI jurado de catedráticos de la Universidad de Barcelona anunciaba que, al más ingenioso, "se le daría una calderilla" (Festivo agradecimiento, Barcelona, 1698, p. 24). Ahora, las arcas inmersoras rebosan de calderilla para importar batallones de invitados, desde bailarines del Rajastán a prestigiosos intelectuales como Friedländer, que disertará sobre el holocausto judío (no el palestino, creo).

Este año, la Generalidad de Cataluña ha ordenado que los actos sean en homenaje a Pompeu Fabra. Previamente, a los centros de enseñanza valencianos Ilegó publicidad sobre el "Homenatge a Pompeu Fabra, aniversari de la seva mort", con la consigna: "Per a nosaltres catalans, es molt més que un gramàtic, es un reconstructor de la nostra nació" (Informatiu Generalitat de Catalunya, setembre 1998). Quieren reconstruir lo que no existió. En "Notas al canto del Turia", un valenciano dieciochesco comentaba sobre "la ventaja que damos e la lengua valenciana en cotejo de la catalana. La distinción no la han podido comprender los que no son oriundos de estos reinos, motivo por el cual han incurrido no pocas veces en el error de confundirnos, llamándonos equivocadamente catalanes y mallorquines a los valencianos" (Ed. año 1778, p. 158). En este error caerán los invitados, pues cualquier impreso oficial que lean -como los del Museo de Bellas Artes de Valencia- comprobarán que están en barcelonés; no en idioma valenciano.

También  debieran  saber  los Jackson y Friedländer que la calderilla procede en parte de la catalanización del pueblo valenciano. Miles y miles de alumnos son coaccionados todos los años por maestros inmersores para que adquieran libros editados por la empresa del mecenas, como "La flexió verbal" de Enric Valor; obra que cuesta 1.500 pesetas -editada en papel corrientucho y sin fotografías- y va por la 22 edición (hagan, hagan cuentas, multipliquen por 20 ó 40.000 alumnos y verán la lluvia de oro que vivifica al victimista).

EI librito dice a los niños, por ejemplo, que la forma verbal "pateix es preferible a patix, que no tiene tradición literaria" (p. 8). Qué raro, pues los cultos valencianos forales como Mossén Porcar escribían: "la necessitat que patix la Corona de Valencia" (Dietari, any 1624,  f. 445); y "patixen" (f.  525). EI negocio marcha. Toneladas de "La flexio verbal" en catalán esperan mutarse en millones, muchos millones, en el presente curso 98-99; pues la inmersión también obliga a comprar otros productos de la factoría, como "La Llengua dels valencians" (creo que va por la 15 edición), curioso amasijo de martingalas inmersoras ya comentadas en otro artículo.

No sé si en el homenaje a Pompeu Fabra se recordará la época en que el químico admiraba al idioma valenciano moderno. Todavía en 1912 era partidario de -según declara- oponer "vaig a Barcelona a vixc en Barcelona, tal com fa el valencià modern" (sic). Pompeu Fabra aceptaba el concepto de "valenciano moderno", y sabía que la lengua valenciana se filtraba benéfica por la cuña geográfica hasta Lérida, ciudad donde el alumnado y profesorado valenciano fue constante desde el 1300 hasta el 1714. Por si el señor Friedländer o la señora Anne Brenon tienen dudas, les diré que los propios catalanes reconocían este hecho, como prueba que el catedrático catalán Diego CisteIler, de la Universitat de Lleida, en 1636 comentaba que los religiosos del Reino "predican en Valenciano en Cataluña, y explican en Valenciano los mandamientos en los púlpitos". Y no se refería a la misma lengua, pues en el primer folio aclara que las leyes están en idioma valenciano en Valencia; y en catalán, en Cataluña (Cisteller: Memorial en defensa de la lengua catalana, Tarragona 1636).

La influencia de lengua valenciana sobre la franja de Tortosa a Lérida perduró   hasta 1939, cuando los gramáticos partidarios del general Franco controlaron el Institut  d,Estudis  Catalans y la Revista Valencia de Filología. Todavía en 1934, el catalán Joan Moreira publicaba obras donde podíamos saborear el idioma del Reino, filtrado más allá del Cenia, en la franja tortosina-leridana: "Era el trinquet un rectàngul d'uns 18 a 20 metros d'ample, cobert per la part de la falta i flares, i descoberta I'atra mitat" (Folklore tortosí. Tortosa 1934, p. 249). Señores Friedländer, Jackson y señora Brenon: ése era el idioma valenciano moderno que aludía en 1912 el homenajeado Pompeu Fabra, la misma lengua que ahora es perseguida por los que presumen de cultura y tolerancia; aunque su ideal sólo anhela el ticlín, ticlín de la calderilla.

                                 Las Provincias 31 de Octubre de 1998

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