UN PERRO LLAMADO BARCINO...

Por Ricardo García Moya

Entre las publicaciones adquiridas para las bibliotecas valencianas, hay toneladas de libros que exhiben la coletilla "nostra". No suelen defraudar a los amantes del suspense, la ambigüedad del posesivo electrifica los nervios del más templado: lengua, cerámica o gastronomía del Reino de Valencia son complementadas escuetamente con el fantasmal "nostra". Así sucede con Blasco Ibáñez, encasillado por el barcelonés Joan Garrabou -en libro de la colección "Gent nostra" (?)- junto a Nuria Espert, Charlie Rivel y Pompeu Fabra. Personajes que pueblan la indeterminada "Terra nostra", otra colección de la misma editorial, que también alberga el "Homenatge a València" del mismo autor. Pero hay amores que matan, Garrabou actúa como el sibarita Gómez de la Serna, ensalzando cualidades del corderillo que va a engullir.

La biografía de Blasco Ibáñez requiere condimento. Para ello, las hirientes líneas sobre la "lepra catalanista" escritas en 1907 son maquilladas por Garrabou: "Este lenguaje incivil no era el personal de Blasco, el escritor estaba fuera de Valencia en aquel tiempo y sólo firmó un artículo contra  la  insolidaridad catalana." (p.26). Pero Garrabou no perdona; aparentando imparcialidad, erosiona el prestigio del valenciano al enredar con juicios ajenos y propios, seccionando aquí un párrafo, allá una frase.

Según Garrabou: "En Blasco Ibáñez es endémica la pobreza de la lengua y el estilo; la sicología miserable y vulgar" (p.36). La novela "En busca del Gran Kan" no la recomienda, "con frecuencia hay párrafos francamente mal escritos". Las obras históricas son "autèntics patafis"; Blasco adolece de "párrafos inhábilmente alargados, excesiva rapidez de la redacción; repeticiones de palabras, rimas intempestivas; reiteraciones, giros lingüísticos poco afortunados y recargamiento verbal" (p: 57). Es decir, no Ilegaba a la altura de Corin Tellado.

Garrabou se escandaliza  porque "Blasco no tenía sentido del humor ni de la ironía". Que sepamos, no es condición sine qua non de un novelista; Dostoievski tampoco anduvo sobrado de ella. Al catalán le desconcierta que "como visceralmente valenciano", no fuera un Bernat y Baldoví. Las críticas arrecian: "No hay meditación ni altura de pensamiento. Cuando Blasco quiere teorizar o doctrinar, da pena. Ni las ideas son originales, ni la exposición tiene sistema ni coherencia. La profundidad le faltaba totalmente" (p.57).

¿Y quién es la eminencia que condena al novelista. más universal que ha tenido España en el siglo XX?.No es un Lázaro Carreter o un Jaime Siles, ni siquiera filólogo o escritor; se trata de un experto en Derecho político, que confunde el Mercado Central de Valencia con la "joya gótica de la Lonja" en su "homenaje a Valencia" (p. 51).

Garrabou no perdona que Blasco sea autor de "La lepra catalanista". Pero, ¿y si Cervantes se hubiera anticipado al valenciano? Como los cervantistas saben, el escritor creaba metáforas  satíricas que  escondían críticas sociales; y personajes de nombre absurdo eran espejo de coetáneos: Pues bien, un perro llamado Barcino aparece en el Quijote; normalmente, si no se tratara de Cervantes quien escogió tal nombre, podría pasar como animal de pelo blanco, pardo o rojizo; pero...

Y aquí entra en escena otro artista del enredo, Josep Albaigès, autor de la catalanera "Enciclopedia de los nombres" ( Barcelona, 1995) . En el apartado de kynosnimia (nombres de perros) meticulosamente recoge casi todos; desde "Argos", perro de Ulises, hasta "Diamond", que destruyó los papeles de Isaac Newton; tampoco faltan "Cipión" y "Berganza", de una obra cervantina... pero no está el perro "Barcino" del Quijote, ¡vaya ausencia tan cutre!

Es un olvido raro, ya que Barcino también es el nombre antiguo de Barcelona, primitivo núcleo urbano asentado en el Montjuïc. Documentado en el siglo I a.C., fue usado habitualmente en textos del Renacimiento y Barroco, por lo que Cervantes sabía perfectamente las acepciones del vocablo. Pero hay más, BarcinoBarzino hace referencia a manchas blancas, pardas o rojizas; es decir, características visuales de los primeros síntomas de la lepra. La enfermedad era llamada bíblica por ser el libro sagrado uno de los textos donde mejor se exponía el proceso, especialmente en el Levítico. El sacerdote diagnosticaba sobre "las manchas de color blanco o rojizo" y consideraba la condición de impuro, manchado o barcino.

Con discreción y de puntillas, el etimólogo catalán Corominas (que las coge al vuelo) discrepa de esta valoración: "Fonéticamente es difícil que barcino sea derivado de albarraz, lepra, manchado" (DCECH, p. 510). Pero rehuye el tema. Y es que ni él ni nadie sabe de dónde procede este vocablo que, para desgracia del Condado de Barcelona, sugiere un mismo origen y significado; Barcino era el que mostraba signos externos de lepra: manchas blancas, pardas y rojizas. Puede que las rocas de Montjuich, donde se fundó Barcino, ofreciera  un  cromatismo  parecido  en aquel tiempo.

No hay duda que Cervantes conocía la polisemia del vocablo: topónimo culto de la ciudad condal y relacionado con los manchados por la temida, entonces, enfermedad bíblica.  Siglos después -sin la  ironía cervantina-, Blasco Ibáñez repetiría similar juicio. Es comprensible, tras lo expuesto, que Garrabou odie eternamente al autor de "Los cuatro jinetes del Apocalipsis" y, a partir de ahora, al "Manco de Lepanto". Por cierto, tengo unas manchitas en el brazo que no sé si...

Las Provincias 27 de Septiembre de 1995

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