¿Visceralismo o defensa propia?

Ricardo García Moya

Hay personas que -desconocedoras de la "inmersió catalana" a que es­tamos sometidos los valencianos- interpretan como odio visceral a Cataluña lo que sólo es deseo de supervivencia. Reaccio­nes similares surgieron en el Reino cuando fue inquietado por la poderosa Castilla, en los años en que las picas de sus tercios con­trolaban media Europa. Los valencianos tu­vieron cierta protección legislativa antes de 1707 contra los gobernantes mesetarios, pues, aunque el virrey y sus colaboradores eran impuestos, las ciudades no admitían para ejercer cargos municipales "a los estranchers (sic) del present Regne, excepte los que ya no vehins naturalizats" (Estatu­tos de Orihuela, año 1633). No obstante, nuestros antepasados tuvieron que soportar ciertas humillaciones.

En 1599, por ejemplo. Valencia se convirtió en capital de Europa durante unos meses al albergar a la corte y numerosos nobles eu­ropeos, siendo artífice de este honor el duque de Lerma, personaje ambiguo y acomodaticio a los deseos de la corte castellana. La prolon­gada estancia en Valencia no aportó un sólo beneficio a los valencianos, sino todo lo con­trario. Cuando el 4 de mayo la comitiva "sen aná de Valencia per lo camí de Morvedre", el quisquilloso -pero perspicaz obervador- mosén Porcar anotaba en su "Dietari" cómo habían quedado las viviendas: "entraren a netejarli lo pou que los del Almirant (de Castilla) que allí se aposentaven lo habíen embrutat molt, tot de susietat y bacins (...) en casi totes les cases que estos grans castellans se han aposentat han fet lo mateix dels pous y tots los aposentos han enmerdat y tot lo han derruit y casi tots los panys de les portes han arrancat" (f.40).

Por tanto, el acontecimiento organizado por Lerma no benefició en absoluto a su tierra (si realmente había nacido en Denia, que no está claro) al resultar una carga considerable para los que tuvieron que albergar a "los grandes de Castilla". Inmediato fruto de esta convivencia fue el negativo concepto que exponía Juan Botero en su "Descripción" (año 1602), ape­nas transcurridos dos años:

"los valencianos, estando muy entrañados y envueltos en deleites y regalos, de que está muy abundante la Ciudad y su comarca, va­len poco para las armas, y así (...) por verlos tan delicados y regalones" (p.15).

La Ciudad y Reino había entrado en un periodo de calma militar forzosa -la repre­sión de la reina Germana no estaba olvidada-, pero las riquezas que observaron los castellanos no eran producto sin esfuerzo, sino resultado del duro trabajo de los valen­cianos. Para hacernos una idea de la sorpresa que embargó a los castellanos al comprobar el "nivel de vida" de Valencia, no hay más que conocer el ambiente que existía en Ma­drid en la misma época:

"Es cosa digna de ver que todas las calles de Madrid están llenas de holgazanes y va­gamundos (sic), jugando todo el día a los naipes, aguardando la hora de ir a comer a los conventos, y las de salir a robar las casas. Están llenas las plazas de picaras holgazanas, que con sus vicios inficionan (sic) la Corte, y con su contagio los hospitales" (Fernández, P.: Conservación de Monarquías. Madrid, 1626, p. 68).

La superficial calificación de "delicados y regalones" no concordaba con la ofrecida en 1606 por otro castellano que analizó más atentamente a nuestros antepasados:

"En el Reyno de Valencia (...) la causa porque se ha apticado tan mal a nuestra len­gua, es la aversión, que casi les es natural, que nos tienen (...) júntase a su voluntad de estar excluidos de las honras cargos públi­cos, y el no procurar emparentar con castellanos, ni tenerles afición" (Aldrete, B.: Del origen y principio: Roma, 1606, p. 86).

Bernardo Aldrete se equivocaba, pues no sentían los valencianos una "aversión natu­ral" a Castilla -como tampoco albergamos un "odio visceral" a Cataluña en la actuali­dad-; simplemente era la expresión de re­chazo a una situación de abuso de poder, pero ni existía ni hay una fobia indiscrimina­da a catalanes ni castellanos; sería vergonzo­so para nosotros. Los nobles castellanos con frecuencia trataban de burlar picarescamente las leyes del Reino, encontrando el lógico rechazo. Así, el 28 de mayo de 1670 apareció "el Conde de Melgar conotros chambergos de Madrid a vender considerable cantidad de gallinas". Su actuación quebrantaba un fuero del Reino, por lo que "Martín Ferrer, Majordomo Mayor de la Ciudad de Valencia" protestó ante el rey con duras palabras:

"Suplica a V E (...) se proceda contra el Conde y chambergos como traidores y de­fraudadores del común y debido comercio (...) y que el Rey nto. señor mande guardar nuestro Fuero". (Bib. Nac. de Madrid; Ma­nuscrito 6590, f. 18 r,)

Respecto al duque de Lerma -que tam­bién poseía el título de marqués de Denia- todavía manejó el Reino para beneficio de sus intereses. El mismo día que pactaba la tregua con Holanda (9 de abril de 1609) se firmaba el decreto de expulsión de los moriscos valencianos. Los analistas no dudan que fue una medida política de Lerma para camu­flar la derrota que suponía la tregua con Ho­landa; aunque también supuso una ganancia de cinco millones de reales para sus hijos, al vender casas que habían pertenecido a moriscos.

Actualmente ya no está el castellanizante duque de Lerma, pero sí otros políticos que fomentan la subordinación a los dictados culturales de Cataluña, así como la fuga de caudales valencianos para financiar empresas faraónicas en Barcelona y Sevilla, provocan­do el progresivo distanciamiento de nuestra Comunidad y, especialmente, de la tercera capital de España. Ante este panorama, ¿qué tiene de extraño la protesta airada -aunque no violenta, pues sólo usamos palabras- de los valencianos?

Las Provincias 24 de abril de 1991

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